viernes, 10 de octubre de 2014

NUEVA TEMPORADA DE CURSOS ON-LINE

Os recordamos que la nueva temporada de Cursos On-line está a punto de comenzar (del 15 de octubre de 2014 hasta el 30 de enero de 2015). 
En vuestra condición de alumnos inscritos en estudios on-line, queremos aprovechar esta ocasión para sugeriros que retoméis la trayectoria formativa, eligiendo  los cursos que más os interesen de los que aún no hayáis realizado, según vuestra situación y posibilidades. Además os anunciamos que contamos con tres nuevos cursos que, esperamos, os resulten enriquecedores en vuestra formación:
Para quienes ya han cursado el anterior, o  ya tienen formación en grupos, puede solicitarse una segunda parte del anterior “La Psicoterapia de Grupo como tratamiento combinado: Modelos y técnicas actuales” (Acreditado con 12,8 créditos  por la CFC de las Prof. Sanitarias de la C.A.M.). Para matricularse en este curso envíe previamente un correo a agora@psicoterapiarelacional.es ] La información está en: http://www.psicoterapiarelacional.es/CAMPUSONLINE/PsicoterapiadeGrupoTratamientocombinado.aspx
CURSOS METODOLÓGICOS

Ya sabéis que estos cursos forman parte de nuestro sistema modular del Máster en Psicoterapia Relacional (Especialista en Psicoterapia Psicoanalítica Relacional / Especialista en Psicoterapia Sistémica),  pero también podéis cursarlos de forma totalmente independiente. Además cuentan con acreditaciones de formación continua para Psicólogos Clínicos y Médicos.
Para cualquier duda no dudéis en contactarnos. Estamos a vuestra entera disposición.
Un afectuoso saludo a todos.
AGORA RELACIONAL
Coordinadora de Gestión de Formación: Ángela Izquierdo Jiménez
gformacion@psicoterapiarelacional.com
Alberto Aguilera, 10 – Escalera Izquierda – 1º
28015-MADRID
Telefono (+34) 915919006 – Fax 91-4457333
www.psicoterapiarelacional.es


viernes, 26 de septiembre de 2014

NUEVO LIBRO: Psicopatología Psicoanalítica Relacional. La persona en relación y sus problemas

PSICOPATOLOGÍA PSICOANALÍTICA RELACIONAL. 
La persona en relación y sus problemas.
CARLOS RODRÍGUEZ SUTIL (2014). Prólogo de Joan Coderch
AGORA RELACIONAL Editores - Colección Pensamiento Relacional nº 12 
ISBN 978-84-942559-0-8


Psicopatología Psicoanalítica Relacional. La persona en relación y sus problemas es fruto de más de treinta años de experiencia en la clínica de orientación psicoanalítica y en la meditación epistemológica desde el marco relacional. Pretende ofrecer, en ese sentido, una psicopatología psicoanalítica que aspire al mismo tiempo a ser relacional. Después de Freud, el punto histórico de referencia hay que situarlo, sin duda, en los años cuarenta, con la teoría de las relaciones objetalescomo primer paso hacia una epistemología intersubjetiva y externalista; de una concepción de la mente constituida por impulsos y defensas a una mente de configuraciones relacionales, que perfilaron autores como Sullivan, Fairbairn y Winnicott, entre otros. Los desarrollos actuales del psicoanálisis relacional se muestran, no obstante, ajenos, cuando no contrarios, a la clasificación y la técnica, en sus formas clásicas, por lo que una psicopatología psicoanalítica relacional puede parecer una contradicción en término. La paradoja se resuelve partiendo del supuesto de que el sufrimiento se expresa no al modo de cuadros fijos, sino a través de los estilos relacionales que constituyen la personalidad, en conexión dialéctica con los otros miembros de la constelación relacional, cada uno con sus estilos propios, y también en la relación con el terapeuta.
Dice Joan Coderch en su prólogo:  “Uno de los mayores méritos de  la obra que estoy comentando es el de que nos obliga a pensar y a plantearnos cuestiones que muchos de los analistas relacionales, si no la mayoría, dábamos por resueltas. Esto lo hemos visto desde el principio, con el mismo título  que marca el contenido del libro, y sigue, entre otros asuntos, con algo que, realmente, nos interesa a todos, el tema de la técnica”
DISTRIBUIDO EN TODO EL MUNDO A TRAVÉS DE AMAZON

martes, 23 de septiembre de 2014

NARCISISMO DE PIEL DURA

Es creencia popular, incluso entre profesionales de la psicología o de la salud mental, considerar que el narcisista es alguien que obtiene ventaja de su posición en el mundo. Dicho popularmente “que vive bien”. En realidad, el narcisista se encuentra en una situación de gran precariedad. Tuvo que aprender, en situaciones infantiles cuya total comprensión todavía se nos escapan, a quererse a sí mismo porque no recibió el cariño adecuado. El cariño ni es ni debe ser incondicional. Exigimos también ciertas cosas, ciertos mínimos, a la persona amada. Ni demasiado, ni demasiado poco. Al narcisista se le ha exigido, en general, demasiado poco, pero con unas expectativas desmesuradas de éxito y/o belleza. En la práctica, como ocurre siempre, hay tantos tipos de personas narcisistas como personas. Además, si hemos logrado sobrevivir ha sido gracias a que de alguna manera, o en algún momento, se nos ha reconocido, es decir, disponemos de cierto narcisismo que no tiene por qué ser malo. El narcisismo de los sujetos más dominados por este rasgo se puede dividir en dos grupos principales. “Thick skin/thin skin narcissism” es una expresión utilizada por el psicoanalista británico , nacido en Alemania, Herbert Rosenfeld; expresión que en español vengo a traducir por “narcisismo de piel gruesa/fina” (o “dura/fina”). El narcisista de piel fina es hipersensible y se siente herido con gran facilidad, es inestable y puede tener una vivencia aguda de la angustia, sobre todo angustia ante el abandono. El narcisista de “piel dura”, en cambio, suele caracterizarse por una gran estabilidad, no se le suele ver en consulta más que excepcionalmente, cuando ha sufrido lo que llamamos una “herida narcisista” o bien cuando busca un objetivo material concreto: baja laboral, informe favorable u otros. También se pueden ver algunos sujetos muy probablemente narcisistas durante la realización de informes periciales: guarda y custodia o procesos penales, también en petición de indemnizaciones. El gran analista escocés, Ronald Fairbairn, diferenciaba de forma parecida un narcisismo libidinal, en el que predomina la identificación con la madre que mima en exceso, y un narcisismo negativo en el que predomina la identificación con la madre deprivadora y el niño deprivado. Por lo demás, el narcisista de piel dura es un sujeto con estructura de personalidad narcisista, mientras que el narcisismo de piel blanda es un patrón de comportamiento que puede aparecer de forma más ostensible en los trastornos graves de la personalidad. Como he dicho otras veces, el término “límite” se está utilizando como dimensión de gravedad y así ocurre que pacientes que yo considero histéricos u obsesivos graves reciben el diagnóstico de límites, También sujetos con personalidad histérica grave, pero seductores y dramatizadores inteligentes son considerados “narcisistas”. De todo el mundo se puede decir que dispone de tendencias narcisistas, ya sean positivas (autogozosas) o sufrientes (gozo también según los lacanianos). Considero muy interesante la propuesta de Kohut de que el narcisismo tiene una línea de desarrollo independiente de la libido de objeto. Dicho de forma llana, el amor hacia los otros y el amor hacia uno mismo tienen un desarrollo en cierto sentido independiente y no funcionan como los vasos comunicantes.

martes, 16 de septiembre de 2014

EL OBJETO DEL PSICOANÁLISIS

Repito una pregunta que me ronda desde hace años: ¿Cuál es el objeto del psicoanálisis? Muchos afirman con Freud que su objeto de estudio es lo inconsciente o, más exactamente, los procesos inconscientes, para no cosificar o sustancializar una realidad que no es un objeto, como tal, sino un proceso. Son los procesos inconscientes o fenómenos del inconsciente. El psicoanálisis se ocuparía, pues, de determinados objetos mentales (imágenes, intenciones, predisposiciones, deseos, etc.) que forman un flujo continuo, una especie de “monólogo interno”. El riego, no obstante, de una perspectiva centrada en el inconsciente se nos revela su esencia latente individualista, de mente aislada. Algunos autores relacionales han superado, a mi entender, al proclamar la naturaleza interactiva del inconsciente, inconsciente bipersonal y, por qué no, inconsciente colectivo, siempre que no lo hundamos en el magma biológico y genético sino en el caldo social que nos rodea y del que somos testigos. Hasta la biología nos permite metáforas colectivistas, como el termitero o la colmena, que en el psicoanálisis clásico no han gozado de mucha fortuna.
Estos objetos mentales, se advierte, no poseen una existencia independiente y sensible, pero pueden deducirse del contexto analítico. Las formaciones del inconsciente aparecen en la transferencia, en la relación que surge entre paciente y analista, del paciente hacia el analista, donde se reactualizan relaciones del pasado; también en otros fenómenos: los lapsus, los actos fallidos, los sueños o los síntomas. El psicoanálisis freudiano es relacional a medias, pues el paciente sí establece relación con el analista, lastrada por su conflictos infantiles, pero no al revés. Haber superado esos conflictos es lo que parecía autorizar al analista, en cambio, a no relacionarse con el paciente sino a tomarlo como objeto de estudio científico, con  ojo de entomólogo. Y si el analista no consigue ser un buen entomólogo es porque su análisis personal no ha alcanzado sus últimas posiciones, es incompleto.
Sin embargo, para la ontología externalista, relacional, como pretendo afirmar, el objeto del psicoanálisis es el comportamiento, en el sentido de la interacción entre paciente y terapeuta, terapeuta y paciente, que nos afanamos por discernir e interpretar en sus dimensiones universales, fuera del estrecho control consciente. Es tan grande lo real y tan pequeño nuestro conocimiento. Lo que nos ocupa y preocupa, sobre todo, es el plano inconsciente de todo comportamiento. Bien mirado, si el inconsciente se muestra en la transferencia quiere decirse que aparece en modos de comportamiento, los colorea y conforma según patrones relacionales antiguos y anquilosados. El inconsciente que se postula más allá de lo que se muestra es una inferencia arriesgada y poco productiva. Decimos “transferencia” cuando las personas intentan relacionarse con los otros en el momento actual de la misma forma que aprendieron con los otros antiguos. Pero, la hipótesis que se ha introducido para explicar un fenómeno no se debe confundir con dicho fenómeno, que es el que nos interesa explicar. Es verosímil juzgar que Freud propuso el funcionamiento inconsciente para explicar una serie de fenómenos psicológicos, en principio los síntomas de la histeria, como la conversión, antes de explicar otros síntomas, alejándose del esquema de Janet: las disociaciones hipnoides, “ideas fijas” subconscientes. El “inconsciente” freudiano tomó una dimensión más amplia, abarcando a todos los individuos, y suministró hipótesis a menudo plausibles para explicar amplios sectores del comportamiento humano.
Ahora bien, si como psicoanalistas relacionales nos ocupamos de la conducta no es, desde luego, al modo fisicalista (conductista) sino en la medida en que la conducta, aunque inconsciente, está dotada de significado. Tampoco nos interesamos principalmente por la conciencia, aunque atendemos la voz sincera del otro. Ese significado inconsciente es indagado mediante una actitud hermenéutica que desde el inicio lo fragmenta en numerosos planos, el sentido es múltiple. Según afortunada expresión, el comportamiento está sobredeterminado. Freud sugería que la tarea consistía en lograr un registro consciente de lo inconsciente. Si nos movemos en el plano múltiple del sentido, habrá que afirmar que no basta un registro  único sino que la acción interpretativa nos lleva, salvo que estemos atrapados en un fuerte prejuicio, a múltiples posibilidades interpretativas. Nada más absurdo que sugerir que todas las interpretaciones valen lo mismo. En absoluto. Habrá que dirimir aquellas interpretaciones más acordes con las evidencias y, sobre todo, con la evolución posterior de la relación terapeuta-paciente después de enunciadas e indagadas, en asociación con los muchos mitos que en el aquí y ahora nos estructuran como seres humanos. Por otra parte, el enfoque relacional no puede agotarse en la hermenéutica. Sabemos que también existe un inconsciente no semántico, opaco, es el inconsciente de procedimiento, responsable de nuestras carencias o déficit para jugar las relaciones. Ese inconsciente procede de las fallas básicas en la crianza, a veces tan extremas que dejan poco lugar a la interpretación, que ha de ser sustituida casi por completo por la compañía empática y el alivio de la acogida. Todos necesitamos ser salvados, sobre todo aquellos que piensan lo contrario.


martes, 29 de julio de 2014

LA SOLEDAD DE LA PSICOSIS

En la Primera Conferencia Ibérica de PSICOANÁLISIS RELACIONAL, III Jornadas de Psicoanálisis Relacional (IPR) y la 5ª Reunión Anual de IARPP-España, que tuvieron lugar el 9 y 10 de mayo de 2014, presenté el siguiente trabajo LA SOLEDAD DE LA PSICOSIS. A PROPÓSITO DE “LÁGRIMAS DE DOLOR Y BELLEZA”  DE MICHEL EIGEN, que ofrezco en su doble versión inglés-español. Este trabajo ha sido publicado en la revista on-line Clínica e Investigación Relacional, Vol. 8 (2) – Junio 2014; pp. 346‐350.




THE SOLITUD(E) IN PSYCHOSIS. SOME COMMENTS REGARDING “Tears of Pain and Beauty”  BY MICHEL EIGEN
Carlos Rodríguez Sutil (crsutil56@gmail.com)

Anxiety about solitude could be the adult form of separation anxiety, and both may be interpreted as the reverse of the attachment tendency. To highlight the need the human being has to be related to their fellows I turn to a paragraph from Spinoza’s Ethics:
Therefore, nothing is more advantageous to man than man. Men, I repeat, can wish for nothing more excellent for preserving their own being than that they should all be in such harmony in all respects that their minds and bodies should compose, as it were, one mind and one body, and that all together they should aim at the common advantage of all. From this it follows that men who are governed by reason, that is, men who aim at their own advantage under the guidance of reason, seek nothing for themselves that they would not desire for the rest of mankind; and so are just, faithful, and honourable.(IV, XVIII, scholium)
To read the Michel Eigen’s paper has been an exciting experience for me due to the way he understands psychosis and his original “technique” to cope with these disorders, overcoming conceptual hurdles. From the ideas he raised it has particularly struck me the prominent place he gives to the loneliness in the genesis of this disorders. I am sure he would agree with the proposal that loneliness plays a main role in all the emotional disorders. As the evidence shows, the shipwrecked and single travelers usually suffer from depersonalization and psychotic symptoms (Solomon et al., 1957). But the most catastrophic experience is not loneliness as an objective state of affairs, but the personal feeling of intersubjective loneliness, as the consequence of being purposely abandoned by the others. That is the reason why it is important to maintain in the Spanish language a term out of use, “solitud” versus “soledad”. “To be alone” is a matter of fact, while “to be lonely” is a mood. This feeling could be destructive but is also unavoidable. From it is development and assimilation by the individual comes our wellbeing. As Eigen points out:
Once the aloneness at the heart of our beings is allowed to develop well enough, one draws sustenance from it all through life (...) In this we become, in part, our own midwives, but we need help in doing so.

I think Eigen is suggesting here a double paradox that simply stated says: first we need to assimilate solitude in order to survive, and secondly, we only can achieve that goal if we are helped by others, that is to say, not staying alone.

A free man thinks of death least of all things; and his wisdom is a meditation not of death but of life) (Spinoza, Ethics, part IV, proposition. LVII).

I remind this quotation because, as I pointed out in some occasion, it is mandatory to state that the main anxiety is not produced above the death but above the solitude. Long time ago Freud (1923) said that our death cannot be represented in the depths of our unconscious. The sole experience of death we can attain is a permanent and complete solitude, the highest torture. The Kurt’s case offered by Eigen is a clear   example of that. Harry S. Sullivan (1953) proposed that solitude causes the most terrible of anxieties; and Frieda Fromm-Reichmann (1959), suggested that we pay almost no attention to solitude because of the great threat it poses to our welfare. It seems it’s easier for us to talk about death and this idea of death should provide some protection to those persons suffering huge disorders that claim to be really death and empty inside.
Our essence as persons is defined in society as well as all the other derived personality concepts (identity, self, personality, etc.). For instance, if I have some notion of owning a mind is unquestionably because I have learnt that concept in a human context, my mind comes from the other. If someone denies this, as Stolorow and Atwood (1992) pointed out, is led to an “ontological solitude”:
This ostensibly “ontological” aloneness, which ignores the constitutive role of the relationship to the other in a person’s having any experience at all, attributes universality to a quite particular subjective state characterized by a sense of imprisoning estrangement from others. (p. 9)
To be relationalists has, among other effects, the consequence that we observe solitude as one of the main dangers – really the most important danger - to our own identity. Stoicism, presumably the most widely disseminated ethical doctrine in our individualistic culture, attributes a false independence to the self, which is a hidden promise of eternity. Following the sentence that the stoic Epictetus put in the mouth of Socrates:  "Anytus and Meletus can certainly kill me, but to harm me they are not able".
But if you isolate him in a dark dungeon, deprived for years of all human contact. Wouldn’t hurt him right? Ethics is also a social phenomenon that attains concreteness only in the context of human relationships. The fallacy of the isolated man/mind that underlies both stoicism and all other philosophical forms of egocentrism it is what makes us to endure psychological confinement and, most acutely to those individuals who suffer from a so called “psychosis”. They take commands and metaphors in a literal sense. But we all are more or less, borrowing the happy expression of Eigen: “Stuck with ourselves, the unsolvable problem of ourselves”.
Notwithstanding, mind is that internal voice   that can only be assumed as the intrusion of another and, therefore, every mind is paranoid, or a paranoid mechanism is at the origin of every (individual) mind. “I created my own paranoia”, says Kurt. Indeed all of us, like Kurt, have created our own paranoia at some moment of our development:
Did Kurt find that mind is paranoid or that he was paranoid about his mind? He seemed to say both and I feel compelled to go along with him.

Psychosis is a catastrophic process in which we are enclosed between what will happen if we follow the commands and what will happen if we don’t. Delusions and hallucinations are forms to express out in images such catastrophe. I would like to ask Michel Eigen whether the Kurt’s horror was also caused by the mutual incomprehension between him and the others and the subsequent solitude. His attempts to manage space and time could be explained as a defence against the horror and, at least partially, it permits us to understand his fascination for the movies:
                        Movies fascinate me. You can stop a frame and see expressions closely like you can't in real life. You can't get as close to a person as you want and look and look.

I imagine him mesmerised by the others’ emotions he can study carefully, emotions that intrigued him so much in real life.
All psychic discomfort keeps loneliness inside, or rather nests in it, and if the goal is to relieve the psychotic patient, our task involves coping with one of the most absolute loneliness, the solitude, the one that does not calm in the company other.
Eigen also provides some relevant clues about the position the therapist could take in front of the madness. The therapist, to meet the suffering patient, must get to the same place, and perhaps rescue him or her of that loneliness. Thus we read:
My mind quickly ran ahead, tying, untying knots, switching switches, a kind of manic assault on psychosis. One madness pursuing another.

I want to finish my brief comment quoting a poem about solitude by Emily Dickinson (1830–86). 
There is a solitude of space
A solitude of sea
A solitude of death, but these
Society shall be
Compared with that profounder site
That polar privacy
A soul admitted to itself –
Finite infinity.

(Complete Poems, number 1695)

LA SOLEDAD DE LA PSICOSIS. A PROPÓSITO DE “LÁGRIMAS DE DOLOR Y BELLEZA”  DE MICHEL EIGEN


La angustia ante la soledad sería la forma adulta de la angustia ante el abandono, y tanto una como otra se pueden interpretar como el reverso de la tendencia del apego. Para poner de relieve la necesidad que el ser humano tiene de sus congéneres, deseo traer a concurso un párrafo de la Ética spinoziana:
Y así, nada es más útil al hombre que el hombre; quiero decir que nada pueden desear los hombres que sea mejor para la conservación de su ser que el concordar todos en todas las cosas, de suerte que las almas de todos formen como una sola alma, y sus cuerpos como un solo cuerpo, esforzándose todos a la vez, cuanto puedan, en conservar su ser, y buscando todos a una la común utilidad; de donde se sigue que los hombres que se gobiernan por la razón, es decir, los hombres que buscan su utilidad bajo la guía de la razón, no apetecen para sí nada que no deseen para los demás hombres, y , por ello, son justos, dignos de confianza y honestos. (IV, XVIII, escolio)
La lectura del trabajo de Michel Eigen me ha resultado apasionante por la forma de entender la psicosis y la original “técnica” para enfrentarse terapéuticamente con estos trastornos, sin amarras conceptuales. De las ideas que vierte me ha llamado especialmente la atención el lugar destacado que otorga a la soledad en la génesis de estos trastornos. Seguramente estará de acuerdo con que la soledad desempeña un papel central en todos los trastornos emocionales. Está documentado que los náufragos y viajeros solitarios experimentan despersonalización y síntomas psicóticos (Solomon et al., 1957). Pero lo más catastrófico no es la soledad como situación objetiva, sino el estado personal, intersubjetivo de soledad, que implica el abandono vivido como intención de abandono. Por eso la importancia de utilizar un término ya casi en desuso en castellano: solitud. La “soledad” es un hecho mientras que “solitud” es un estado de ánimo. Ese sentimiento es destructivo pero inevitable, de su desarrollo y asimilación depende también nuestro bienestar, como nos descubre Eigen:
            Una vez que se le permite desarrollar lo suficiente, la solitud que está en el centro de nuestro ser, sirve de fuente de alimento durante toda la vida (...) En este sentido nos convertimos en parte en nuestras propias comadronas, pero necesitamos ayuda para hacerlo.

Considero que Eigen completa aquí una doble paradoja que sólo voy a enunciar: primero que necesitamos integrar la solitud para sobrevivir y, en segundo lugar, que sólo lo podemos conseguir con ayuda, es decir, en compañía.

Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida. (Spinoza, Ética, parte IV, prop. LVII).

Traigo esta cita a cuento pues, como he señalado en alguna ocasión, debemos afirmar que la vivencia de angustia no se produce básicamente ante la muerte sino ante la soledad. Ya decía hace tiempo Freud (1923) que en nuestro inconsciente carecíamos de representación de la muerte. Pienso que para nosotros la muerte es la soledad absoluta y permanente, la mayor de las torturas, y que el caso de Kurt que propone Eigen es un buen ejemplo de ello. Harry S. Sullivan (1953), afirmaba que la soledad es la más terrible de las ansiedades; y Frieda Fromm-Reichmann (1959), sosperchaba que no se presta atención a la soledad por la gran amenaza que supone a nuestro bienestar Parece que nos resultara más fácil hablar de la muerte y alguna defensa debe proporcionar a aquellas personas que padecen graves trastornos y que proclaman estar realmente muertos y vacíos en su interior.
Nuestro ser como personas se define en sociedad, así como todos los conceptos personales derivados (identidad, self, personalidad, etc.). Por ejemplo, si yo tengo idea de poseer una mente es porque he aprendido dicho concepto en un contexto humano, mi mente viene del otro. Si negamos esto estamos abocados, como recogen Stolorow y Atwood (1992):
Esta ostensible soledad “ontológica”, que ignora el papel constitutivo de la relación con el otro en la constitución de cualquier tipo de experiencia de la persona, atribuye universalidad a un estado subjetivo bastante particular caracterizado por la sensación de un aprisionador extrañamiento de los otros. (p. 38)

Una consecuencia, entre otras, del ser relacionales es ver en la soledad uno de los mayores peligros - en realidad el mayor peligro - de la propia identidad. El estoicismo, que es la doctrina ética con mayor penetración en nuestra cultura individualista, atribuye una independencia falsa al yo, prometiéndole así de forma implícita la eternidad. Según la frase que ponía el estoico Epícteto en boca de Sócrates: “Anito y Meleto me pueden en verdad matar, pero no son capaces de hacerme daño”.  
Ahora bien, si le aislaran en una recóndita mazmorra, privado durante años de todo contacto humano, ¿no le harían daño? La ética también es un fenómeno social que sólo tiene sustancia en el contexto de las relaciones humanas. Esta falacia del hombre aislado, que subyace tanto en el estoicismo como en todas las formas filosóficas de egocentrismo, es la que nos hace sufrir de encerramiento psicológico, y de forma más aguda a los sujetos que padecen de la llamada “psicosis”, ya que el psicótico toma las órdenes en un sentido literal, así como el lenguaje metafórico. Pero todos estamos más o menos, tomando la feliz expresión de Eigen: “Atrapados en nosotros mismos, el irresoluble problema de nosotros mismos”.
No obstante, la mente es esa voz interior que solo puede comprenderse como la intromisión de un otro y, por tanto, toda mente es paranoide, o el mecanismo paranoide está en el origen de toda mente (individual). Kurt llega a la conclusión de que él creó su propia paranoia. Todos, como Kurt, hemos creado nuestra propia   paranoia en algún momento del desarrollo:
¿Es que Kurt descubrió que la mente es paranoide o que él era paranoide sobre su mente? Él parecía decir las dos cosas y yo me siento obligado a estar de acuerdo con él en esto.

            La psicosis es un proceso catastrófico, en el que estamos encerrados entre lo que ocurrirá si no seguimos las órdenes y lo que ocurrirá si las seguimos, y deliros y alucinaciones son el modo de dar una expresión en imágenes a dicha catástrofe. Me gustaría preguntar a Eigen, si el horror de Kurt había sido provocado igualmente por la radical incomprensión mutua con los demás y la soledad subsecuente. Su manejo del espacio y el tiempo es una defensa contra ese terror y, cuando menos en parte, esto nos permite comprender su fascinación por las películas:
            Las películas me fascinan. Puedes detener un fotograma y ver las expresiones con atención como no lo puedes hacer en la vida real. No puedes acercarte a una persona tanto como quieras y mirar y mirar.


Me lo imagino mesmerizado por las emociones que puede estudiar detenidamente y que tanto le intrigan en la vida real.
Todo malestar psíquico alberga en su fondo la soledad o, más bien, anida en ella, y si el   objetivo es socorrer al psicótico, nuestra tarea supone enfrentarnos con una de las soledades más absoluta, con la solitud, aquella que no se calma en compañía de otros.
Eigen asimismo proporciona claves importantes sobre la posición del terapeuta ante la locura. Para llegar a un encuentro con el paciente que la sufre, el terapeuta debe alcanzar el mismo lugar, y tal vez rescatarle de esa soledad. Así leemos:
Mi mente se lanzó rápidamente hacia adelante, atando y desatando nudos, accionando interruptores, una especie de asalto maníaco sobre la psicosis. Una locura persiguiendo a otra.

Quiero terminar este breve comentario citando un poema de Emily Dickinson (1830-86) sobre la soledad:
Está la soledad de los espacios,
la soledad del mar,
la de la muerte, pero todas
parecen multitud si se comparan
con ese emplazamiento más profundo,
la intimidad polar
del alma como huésped de sí misma -
finita infinitud.

(Complete Poems, nº 1695)



REFERENCES

Dickinson, E. (2010). Poemas a la Muerte. Antología. Selección, traducción y prólogo de Rubén Martín. Madrid: Bartleby.

Freud, S. (1923). El Yo y el Ello. En Obras Completas. Madrid: Biblioteca Nueva, 1972.

Fromm-Reichmann, F. (1959). Loneliness. Psychiatry, 21, 37-43.
                                               
Solomon, P., Leiderman, P.H., Mendelson, J. Y Wrxler, D. (1957). Sensory Deprivation. A review. American Journal of Psychiatry,114, pp. 357-363.

Spinoza, B. ( ). Ética demostrada según el orden geométrico. Traducción de Atilano Domínguez. Madrid: Trotta. 2009. La versión inglesa está tomada de The Esential Spinoza. Ethics and Related Writings. Traducción de Samuel Shirley, edición de Michael L. Morgan. Indianapolis/Cambridge: Hackett.

Stolorow R.D. y Atwood G. (1992). The Contexts of Being: The Intersubjective Foundations of Psychological Life. Hillsdale, NJ:  The Analytic Press. (Los contextos del ser. Las bases intersubjetivas de la vida psíquica. Herder. Barcelona).
                                               
Sullivan, H.S. (1953). La Teoría Interpersonal de la Psiquiatría. Buenos Aires: Psique, 1964.

lunes, 21 de julio de 2014

COMENTARIO AL LIBRO DE MICHAEL EIGEN: LOCURA, FE Y TRANSFORMACIÓN

Incluyo a continuación mi comentario al libro de Michael Eigen (2014), Locura, Fe y Transformación. Los Seminarios de EIgen en Seúl, 2007 y 2009. Madrid: Ágora Relacional.

Este comentario ha sido publicado en la Revista on-line, Clínica e Investigación Relacional (VOL.8 Nº 2 pp. 541-551 (2014) ). 



Todavía con la agradable resaca de las pasadas Jornadas Ibéricas en Cáceres, de mayo, dedicadas al diálogo con Michael Eigen, me permito presentar este comentario sobre su libro, traducido y prologado por nuestro colega Juan José Martínez Ibáñez, y que se publicó con ocasión de su visita a nuestro país. Con esta obra se continúa la labor de la editorial Ágora Relacional, y de su director, Alejandro Ávila, de poner al alcance de los profesionales cercanos, y del público especializado en general, las obras y autores principales del enfoque, en su colección “Pensamiento Relacional”.
Como nos informa Martínez Ibáñez, Eigen es un psicoanalista que trabaja en Nueva York y que ha publicado más de 22 libros. No se disponía hasta la fecha de ninguno de ellos en castellano, por lo que es una pequeña compensación que aparezca este volumen compendiando dos publicaciones. El origen son dos seminarios impartidos en la capital de Corea del Sur.
Michael Eigen es un clásico contemporáneo que hace gala de una profunda experiencia clínica con pacientes que sufren graves trastornos, y un bagaje teórico más que notable que se apoya en dos pilares centrales: Winnicott y Bion; manteniendo los ecos, quizá ya algo lejanos, de Lacan. Martínez Ibáñez está en lo cierto cuando sugiere que es alguien muy humano, sensible a la realidad y, sobre todo, a la realidad de los demás.
Menos que otras veces puede pretenderse un resumen de este libro que recoge las ocurrencias clínicas producidas por nuestro autor en una serie de días, bajo el estímulo de una audiencia diversa de terapeutas, y a partir de sus preguntas. Sí intentaré ofrecer no obstante, como es habitual, el comentario de algunas ideas que han llamado mi atención por diversas razones y que en mi opinión sintetizan aspectos esenciales de su pensamiento. De entrada, para aproximarnos al tipo de inspiración que sigue Eigen una buena muestra puede ser la frase que parece ser cambió su vida (p. 94), tomada de un libro de Thomas Merton, y que dice así:

“El secreto de nuestra identidad, está en la misericordia divina de Dios”



Este libro quizá se entienda – o se explique - mejor empezándolo casi al revés, por la primera sesión del capítulo tercero de su segunda parte, donde se lee:

Cuando yo quise ser un analista y entré en el mundo psicoanalítico, me di cuenta de que muchos analistas pretendían saber algo que ellos no sabían. Ellos sabían de esto y de eso. Ellos conocían el Edipo, tenían un gran conocimiento en sí mismo. Ellos sabían mucho de una manera real. Pero con los pacientes, ellos fingían saber lo que ellos no sabían. Ellos fingían saber Algo, pero se estaban reconciliando. Ellos se reconciliaban a medida que avanzaban y fingían saber. (p. 257)

Theodore Reik llegó a los Estados Unidos y fue rechazado, a comienzos de los años cuarenta, como miembro de la sociedad psicoanalítica por no ser médico. Freud había escrito en 1926 su famoso artículo sobre el análisis profano en defensa de Reik y de aquellos analistas que no tenían una formación médica, argumentando que los estudios sobre humanidades, literatura, mitología, están más cerca del psiquismo humano que la propia medicina. Este sesgo médico del psicoanálisis norteamericano condicionó una concepción del psicoanálisis como una práctica de un analista que conoce, que sabe frente a un paciente ignorante de su propio padecimiento. Concepción poco propicia al modo de sentir relacional, y del propio Eigen, de que la terapia es una búsqueda y una experiencia común. Dicho sea de paso, ignoro si Eigen se considera a sí mismo como integrante del movimiento relacional, e incluso si esto tiene alguna importancia.
En la parte primera del libro comienza revisando algunos conceptos tradicionales básicos. El yo en Freud es un agente doble, tiene un origen alucinatorio pero se ocupa de percibir la realidad. Esta es una paradoja que nadie ha resuelto. El superyó en cambio es considerado por muchos psicoanalistas como una instancia que con facilidad se vuelve loca y se enfrenta o persigue al resto de la personalidad. Ahora bien, en realidad, las tres instancias están locas, cada una a su manera. La psicología que describe Freud es una psicología de guerra, bajo la presión abrumadora de la pulsión de muerte. Si el misticismo judío habla de una buena y de una mala inclinación, el psicoanálisis parece ocuparse de la mala inclinación, sobre todo a partir de Melanie Klein. La posición depresiva de Klein es una forma de defenderse de la ansiedad persecutoria y de la ansiedad de aniquilación; para ella y para Freud la depresión parece un modo autopersecutorio de defensa.

Eigen observa el yo como una realidad que tiende de forma permanente a dispersarse:

“Cuanto más trato de pelear para preservar mi pequeño yo, lo poco que puedo sentir, a mi pequeña isla de sentimientos, a mi pequeña vitalidad, la psique consigue más y más dispersarla hasta un punto donde comienzo a sentir la falta de vida alrededor y dentro de mí y ahora tengo que pelear para sacarla también” (pp. 37-38)

A propósito de esto, sabemos que aparte de Freud, Melanie Klein y algunos de sus seguidores, y de Fairbairn, la mayoría de los autores no se inclinan por la existencia de un yo definido y unitario desde los orígenes del psiquismo. A favor de un estado inicial indiferenciado o disociado parecen agruparse autores tan dispares como Winnicott, Kohut Jacobson, Kernberg, posiblemente los psicoanalistas relacionales en general y, podemos comprobar, el propio Eigen: “Yo podría decir que el yo comienza con la disociación, si uno pudiera hablar acerca del yo en ese momento. Uno puede decir que el yo tiene mucha más fluidez antes de que se organice una defensa paranoide firme” (p. 39). Argumento a mi entender totalmente justificado, pues para que haya un temor al daño exterior o a la fragmentación esquizoide, debe existir ya una noción de unidad por muy frágil que sea.
En cuanto a la pregunta típica, expresada en términos kleinianos, de si la buena evolución terapéutica consiste en pasar del funcionamiento de la posición esquizoparanoide al de la posición depresiva, la respuesta que Eigen suministra es tajante: “... usted no puede y no debe tratar de convertir a alguien en alguien que no es” (p.41). Siente que a lo largo de su vida él se ha convertido en un niño mejor, en un niño más completo, pero no en un niño maduro. Sin embargo, dirá unas páginas después, el grito del bebé no desaparece de nuestro interior, nos acompaña toda la vida seamos quienes seamos.
En el capítulo 2 de la primera parte se comienza anunciando a Winnicott y a Bion, los dos autores, hemos advertido, de permanente referencia en los textos y comunicaciones de Eigen. No es que sean los únicos citados, pues la cultura psicoanalítica - y filosófica y religiosa - de nuestro autor es amplísima, pero sí es a ellos a los que se remite, de forma crítica, salvo raras excepciones, cuando de un aspecto clínico se trata.  Son autores que le hablan. También parecen hablarle algunos filósofos de cierta inspiración mística, como Buber, Levinas y, también, Wittgenstein. No vale la pena, añade, perder el tiempo con algo que no te habla. Lee lo que es bueno para ti y olvida el resto (cf. p.73). Y, habría que añadir, lee de forma razonada. En lugar de cursos de lectura rápida, el poeta Robert Frost pretendía dar un curso de cómo leer lentamente (cf. p. 94).

Entre las precisiones que esgrime sobre Winnicott, está que el falso self y el self verdadero no deben entenderse en realidad como conceptos dicotómicos sino que son un continuo o, por mejor decir, que en realidad está todo mezclado. Son muchas las observaciones penetrantes entresacadas del gran pediatra y psicoanalista inglés con las que nos topamos en estos seminarios. Ahora me detendré en la magnífica y sugerente descripción de la madre suficientemente buena, como aquella que se protege de la agresividad del bebé, pero no le hace sentir mal por estar vivo (cf. p. 100). Es aquella que siente placer porque su bebé esté bien, “vivo y golpeando”, sin transmitirle la imagen moralista de que pegar es malo. Posiblemente de triunfar esta filosofía positiva, antimoralista, pienso que se produciría una drástica reducción de las prescripciones farmacológicas contra el TDAH, tan de moda. Esto no significa que el niño crezca sin límites. Decir “no” es una función autoprotectora muy importante, un buen “no” es mejor que un mal “sí” (cf. p. 103).
El diálogo con la audiencia recorre aspectos que desbordan ampliamente el estrecho margen de la consulta analítica, si no fuera porque todos ellos impregnan nuestra vivencia cotidiana. Pondré un ejemplo que me ha resultado llamativo, y que está en la respuesta a una pregunta de los asistentes (p. 52 y ss.). Se trata del interesante asunto de que la época que vivimos - y opino que esto no es endémico de los Estados Unidos -, es una época psicopática. No importa lo que le ocurra a los otros siempre que yo sea el ganador y alcance el mayor poderío económico. Pone como ejemplo la forma más que oscura en la que el presidente Bush logró su primer mandato, apoyado por los medios de comunicación y en cuestionables decisiones judiciales, en medio de una atmósfera psicopática:

Uno de los mecanismos que ellos usan para mantener a la población bajo sus manipulaciones psicopáticas, es la manipulación psicopática de las ansiedades psicóticas. Ellos se mantienen agitando miedos catastróficos, ansiedades psicóticas, ansiedades de aniquilación, y manipulan estas ansiedades con el fin de mantener el poder. Esto funciona para el 40 % de la población, y el otro 60 % de la población son como liliputienses golpeando a un gigante muy grande. Es como estar en una habitación insonorizada donde uno no puede oír su propia voz o tener un efecto sobre el sistema, porque el sistema está actualmente en ascenso. (p. 55)


Describe un mundo en muchos puntos semejante al 1984 de Orwell, y ante esto el budismo zen y el psicoanálisis, y quizá todos los sistemas de pensamiento no suelen tener una respuesta. Una opción es gritar. Gritar y Gritar. La terapia del “grito primal” le vino bien, al principio. Pero después se adhirió a la idea de Winnicott. No basta con gritar, hay que entrar en contacto con el grito que se tiene dentro. Otra estrategia probada de tratamiento fue la inducción del sueño: “Una forma paradójica de pensar: soñar hace que la vida sea real, hace una realidad real” (p. 59). Pero un grito, del bebé, puede ser similar a un sueño. Los gritos continúan en el sueño. Nosotros digerimos la realidad mediante el sueño, las cosas se vuelven reales al soñarlas. A  través del sueño el grito puede encontrar su expresión. El grito fallido es el que nos tiene postrados. Ese grito se convierte en fallido cuando ya no ha encontrado la respuesta de la madre, deja de ser audible: “Algunas personas se sienten invisibles, se sienten inaudibles, no pueden ser oídas y no pueden oírse a sí mismas. En la terapia, el grito perdido tiene una oportunidad de emerger” (p. 62).
Contiene una crítica perspicaz es a la sobrevaloración de la actividad en psicoanálisis (p. 65 y ss.). La libido es activa, como la razón activa, el Dios de Aristóteles. Lo pasivo en psicoanálisis ha estado durante mucho tiempo asociado con lo inferior, con el miedo. Eigen no lo dice aquí pero supongo que no está lejos de la idea de que la libido es masculina porque es activa, aunque esté presente en la mujer. El budismo - cita las enseñanzas de Suzuki - descubre a la mente occidental que lo pasivo no está inerte, sino vivo y alerta. Pero la pasividad está devaluada en nuestra sociedad por la actividad. El psicoanálisis, por su parte, es una teoría hiperactiva; aún si es pasivo es activo (cf. p. 175).
El trabajo del psicoanálisis, según Freud, era hacer consciente lo inconsciente. Para Bion lo realmente importante es cómo convertir en inconsciente lo consciente, contactar con el mundo. Esto me ayuda a concretar una idea surgida de mi experiencia clínica reciente. Muchas veces lo que el paciente debe lograr no es aprender una habilidad nueva, puesto que la capacidad está ahí, en el fondo, oculta. Lo que tenemos que lograr a veces es “desaprender”, olvidar o dejar de usar algo que tenemos muy presente y no obligatoriamente recordando algo que se halla en lo inconsciente.
Al hilo de eso, y tomando de nuevo una idea de Winnicott que se desarrolla poco después, es preciso evitar que el paciente sienta vergüenza o culpa por su dependencia. Es evidente que la terapia constituye una situación de cierta dependencia en la que el paciente tiene que aprender a crecer, y en la que la dependencia también crece con el tiempo, pero para ser usada. Uno proporciona la atmósfera de acogida y dependencia en la que las interpretaciones no son realmente lo más importante, parecen ser algo más para el analista que para el paciente. Gradualmente algo ocurre y el paciente crece, y nosotros con él.
Eigen es terapeuta de psicóticos. Esto que puede parecer una afirmación simple entraña una multitud de implicaciones, muchas positivas, todas enigmáticas. Quizá, sugiero, la mente que se dispone a ayudar al psicótico en su extremo sufrimiento debe ella misma buscar las raíces de la locura en sí misma. En nuestro autor parece que esto se resuelve recurriendo a la mística, a la que no dejaremos de volver en lo sucesivo. Para entender la lógica psicótica permítaseme citar en extenso el siguiente párrafo:

En la lógica psíquica en el modo psicótico, algo medio vacío significa más que totalmente vacío.
No del todo lleno, es equivalente a completamente vacío, nada de nada es menos que nada. Pues no es solamente nada, nada está bien, nada es fácil. Sino una nada hostil, furiosa, malévola, una nada insultantemente devastadora. El paciente se siente insultado. Y el insulto, inmediatamente, se transforma en algo devastador. En lugar de ser insultado, él es devastado.(...) En el registro psicótico, tales golpes e insultos, reales o imaginados, precipitan la devastación total, el invierno negro para siempre. El insulto percibido es igual a la agresión, es igual a la devastación. La experiencia le da una negatividad infinita. Menos que todo es igual a menos que nada. Y menos que nada es infinitamente peor que nada. (p. 81)

Siguiendo a Bion comenta que, cuando se logra atribuir un significado al discurso psicótico (“mítico, cósmico, transpersonal”) ese significado está siempre ensombrecido por la catástrofe. Algo que no se simboliza sino que se señala. El psicótico no se puede comunicar - por “símbolos” convencionales me gustaría decir - sino que manifiesta su catástrofe: “El lenguaje del psicótico es como un SOS en marcha” (p.84).
Un asunto importante en Bion  es el de la supervivencia a nuestros propios asesinatos (véase pp. 114 y ss.). No es que los asesinatos sean una cosa buena, pero forman parte de lo que somos. Matamos psíquicamente al otro, advierte Eigen; somos asesinos. Si vas a tener una relación con alguien te tienes que preparar a que te asesinen y el truco es estar bien después de que te hayan asesinado (Winnicott habría dicho “sobrevivir a la destrucción”). Este es un regreso a la madre suficientemente buena. Aquella que se recupera de la destrucción de su bebé. Para Bion el asesinato es parte del nacimiento psíquico y del crecimiento. Y, a propósito de Bion, la anécdota siguiente brilla de forma casi cegadora:

Él no era un conferenciante habitual. No usaba notas, no leía los artículos. Sólo se sentaba y hablaba acerca de veinte o treinta minutos y luego respondía a las preguntas. Una noche alguien le preguntó ¿Nunca usa la teoría psicoanalítica?¿Nunca usa la teoría freudiana?¿Nunca usa la interpretación psicoanalítica? Y él dijo, “Gracias a Dios por Freud, él es genial cuando usted está cansado”.

Me apetece aportar a modo de moraleja: Que las teorías que estudiamos y amamos nunca nos impidan pensar.
La teoría también puede ser un instrumento con el que nos deshacemos de los pacientes molestos. Creamos situaciones en las que no se pueden quedar  (p. 130 y ss.).  Creamos dependencia en el paciente y luego no le dejamos crecer, porque no podemos apoyar ese crecimiento o porque nos faltan recursos. Eigen aconseja que nunca hagamos promesas ni nos atemos demasiado a ningún punto de vista, pues todo punto de vista es una imagen parcial, como veremos al volver a la psicosis. Es preciso estar atento a lo que se va desplegando en cada persona así como en uno mismo.
Al final del seminario de 2007 se relata el caso de una paciente que estaba comentando en sesión cosas para ella muy importantes mientras que Eigen estaba distraído pensando, precisamente, en su viaje a Seúl. De pronto ella le pregunta en qué está pensando y él le responde, con toda sinceridad, la verdad, lo que provoca un estallido de ira. Sobre la forma en que se resolvió el conflicto - que algunos denominarán enactment, otros momento ahora, y de muchas otras formas, y que ciertamente se resolvió de forma muy positiva - no voy a entrar aquí sino que dejo al lector la oportunidad de disfrutar por sí mismo de esta viñeta.
La segunda parte comienza con unas meditaciones muy sustanciosas sobre el sueño y su utilidad en psicoanálisis. El núcleo del sueño, según Bion, es la emoción. Después añadirá, ante las preguntas de la audiencia, la idea enigmática de que la sesión entera es como un sueño (p. 167). Pero esa emoción, comenta nuestro autor, ese ombligo del sueño, no es fácil de alcanzar, es escurridiza; se transforma lo mismo que se transforma el soñante:

El Talmud dice que cada sueño es una carta de Dios sin abrir. Nosotros no abrimos o somos incapaces de abrir muchas de estas cartas. Pero algunas veces una carta nos atormenta. (p. 145)

La forma narrativa del sueño le dota de una apariencia de coherencia, que deforma la emoción al mostrárnosla a través de una lente oscura. Algo se escapa, no obstante, aunque la forma narrativa deforme la emoción, permite funcionar con el sueño de alguna manera, que se pueda analizar. En el sueño y en la vida aparecen asociadas ideas y acontecimientos contradictorios, una calamidad después de un éxito, un sentimiento malo después de un sentimiento bueno.
Un ejemplo que le gusta a Bion, cuenta Eigen, es el de la Torre de Babel. Un grupo grande de seres humanos cooperando, pero a Dios no le gusta esta actividad cooperativa, ataca al vínculo, pero “como gente de psicoanálisis” sabemos que esta rabia de Dios es, en realidad, nuestra. En el judaísmo, Dios es un dios desconocido. Para llevarnos bien no podemos estar siempre juntos. Incluso en nuestro interior: “Algo de nosotros que es incapaz de estar todo el tiempo con nosotros mismos. Nuestro propio Self no puede estar consigo mismo y se ataca a sí mismo.” (p. 149).  Por eso las crisis no se detienen y pasamos por muertes y renacimientos.
De forma casual, si es que existe tal cosa, Eigen me recuerda un pasaje de la Biblia, y bien puedo asegurar que por el momento no soy un lector asiduo de la Biblia. Isaías 55:8: “Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos” (Biblia de Jerusalén). La rabia de Dios es la rabia nuestra y nuestro desconocimiento de Él es nuestro desconocimiento propio. A este surco puede traerse - se podrían traer multitud cosas, desde luego - la función alfa de Bion. Eigen toma de él una alusión a los signos del tigre que sin duda haría feliz a Borges:

Tenemos estudios cognitivos sobre el cerebro, sabemos esto y conocemos eso. Pero a Bion le gusta recordarnos que lo que sabemos no es más que una raya sobre el tigre, por no hablar de todas las rayas o del propio tigre. Él acuña el término función alfa para los procesos desconocidos de la digestión psico-emocional, la digestión psíquica.
¿Cómo se digieren los impactos emocionales? Nos dice que hay tres clases de procesos. Uno es a través de las narraciones. Las narraciones en los sueños, narraciones en las historias, historias que contamos a los demás sobre nosotros mismos y nuestras vidas, historias que nos gustaría creérnoslas o que querríamos creer. Algunas historias especialmente nos movilizan, porque ellas llegan hasta una verdad muy profunda. (p. 153)

Una segunda forma de procesar es el análisis lógico, como el de la geometría euclidiana, un enfoque del espacio emocional. Pero la que más interesa a nuestro autor es la tercera, a la que llama pensar en encendido y apagado (on-off). Un sueño que viene y se va, aparece y desaparece. Algo semejante a lo que ocurre con la figura ambigua que se puede ver como una bella joven o como una horrible bruja, que recogen los manuales introductorios a la psicología. Esto es un problema para nosotros: no podemos pensar en una sola cosa. Pero también es nuestra fuerza. Pensamos en X y en no-X, en Y y en Z. Tenemos muchos lenguajes que nos ayudan a ver las cosas, el lenguaje psicoanalítico, el lenguaje de la fe, el científico, el del sentido común. Todos pueden tener un uso para descubrir los llantos del corazón que son sofocados: “Es como si la persona que está llorando no pudiera llorar” (p. 156). O, como leemos páginas después: “... el paciente vive en un estado de semi-asesinado, una clase de asesinato congelado, semi-vivo y capaz de movimiento, y aún, a veces, de palabras y acciones violentas” (p. 161). Ese llanto a veces es rescatado por el analista mediante un mito, relacionado con el problema emocional o con la sesión, un mito que funciona como una especie de “cálculo algebraico”, con el que desarrollar las emociones y sus realidades relacionadas.
Saltémonos ahora unas páginas para llegar al pasaje donde recoge los pensamientos de Winnicott sobre la soledad esencial. Estamos enteramente solos. Esta soledad esencial al principio solo se puede sustentar en un estado máximo de dependencia:

Una soledad primaria, apoyada por otro ilimitado desconocido. Si usted penetra hasta el núcleo de su soledad, usted no sólo se encontrará con usted mismo, allí también estará esa presencia ilimitada desconocida. ¿Es de usted? ¿Es de otro? ¿Qué es? Un desconocido, una presencia ilimitada en el núcleo mismo de su soledad. No importa la profundidad a la que usted llegue, usted la encontrará allí. (pp. 169-170)

En el contacto más íntimo, hay una falta de contacto. Estamos totalmente imbricados y, al mismo tiempo, totalmente separados y distintos. Esa soledad básica se mantiene, paradójicamente, gracias a la compañía. Cuando ese apoyo falta nos encaminamos hacia el desastre; si nuestros padres, cuando somos pequeños, se hallan en guerra permanente, nos falta el apoyo y nos volvemos rígidos. Esa es la razón (o al menos una de las razones) de por qué decía Freud que el carácter es el destino, porque nuestra historia de traumas se incorpora a nuestro carácter.
Para Winnicott la salud es más penosa que la enfermedad. “Re-citamos” a través de Eigen: “Probablemente el sufrimiento más grande en el mundo humano es el sufrimiento de la persona madura, normal, saludable” (p. 176). El terapeuta también sufre este daño, tiene baches en su personalidad que inevitablemente afectarán al paciente. Con ese daño de fondo nos aprestamos a abrir en el paciente las heridas de la dependencia: “Todas las maneras que hemos organizado para escapar del dolor, comienzan a sacudirse un poco” (p. 179). Y porque somos terapeutas, infligimos traumas; es inevitable en toda relación humana herir la confianza. Además, hay que contar con las rigideces de la adultez, pues hemos perdido la capacidad de ser flexibles. Este riesgo de dañar a veces nos lleva a “cortocircuitar” el sufrimiento, impedir que se desarrolle por nuestro temor y falta de fe sobre el apoyo de fondo que le estamos dando al paciente. Eigen no lo dice, pero este riesgo es el que debemos tener en cuenta con ciertas formas de saltarnos el principio de abstinencia. Como se lee en el texto, es una cuestión de “percepción terapéutica” (182). Yo diría: convendría saber, cosa complicada, hasta dónde podemos “beneficiar” al paciente y hasta dónde hay que dejarle que sufra el desmoronamiento para poder colaborar en la reconstrucción. Son daños que ejercemos con nuestra actitud y nuestras palabras.
A propósito de Harry, caso con el que comienza el capítulo 2 de la segunda parte, se afirma que las palabras hieren. En el folklore judío las palabras pueden ser ángeles o diablos. Sin embargo Harry no era capaz de herir con sus palabras, de devolver parte del daño que había sufrido. No podía entrar en el proceso (¿dialéctico?) de matar y morir y, a pesar de todo, sobrevivir. Eigen cita sus obras continuamente; en una de ellas - Coming through the Whirlwind, algo así como “Traído por el Torbellino”, de 1992 -   recordó a un terapeuta que era un asesino con su hacha psicológica, que no era otra que decir la verdad, la verdad sobre los defectos psicológicos del otro. Pensaba, como muchos grandes destructores, que estaba haciendo el bien.
La terapia ayuda a poner los sentimientos en palabras, pero las palabras también crean los sentimientos. La madre toma los sentimientos del bebé, que podrían destruir su psiquismo, y los modifica y devuelve, modulados de forma inconsciente mediante la reverie, transformados en sentimientos mejores. Si la madre – o el terapeuta -  no sabe qué hacer con esos sentimientos, el bebé-paciente queda sin alivio. Jean Genet cogió una cosa de la mesa y su padrastro lo llamó “ladrón”. Eso le permitió una forma, precaria, problemática, de identidad, y a partir de ese momento, el que luego sería gran escritor, se convirtió en ladrón: “Nosotros somos enigmáticos, misteriosos con nosotros mismos” (p. 208). Definimos nuestro enigma con el “soy esto” o “soy aquello”. Nuestro Dios es también enigmático, me permitía decir hace un momento, sus caminos no son nuestros caminos, pero tampoco tenemos muy claro cuáles son nuestros caminos.
Winnicott recoge la pregunta de si el bebé siente que él crea el sentimiento o lo descubre (cf. p. 219 y ss.). Pero esta es una pregunta sin respuesta. Si somos capaces de vivir en la paradoja, una nueva sensibilidad empieza a evolucionar. El poeta crea también una nueva sensibilidad para digerir los sentimientos. Harold Bloom, crítico literario de fama, provocó el escándalo al afirmar que Shakespeare había creado la personalidad humana. El dramaturgo inglés, como muchos grandes artistas, fue capaz de ver (crear) algo que estaba allí pero que nadie había visto antes. Eigen resuelve así uno de los dilemas filosóficos que más tinta han derramado:

¿Qué viene primero, las palabras o la experiencia? Las diferencias se disuelven. Se desvanecen, se fusionan entre sí. Algunas veces la experiencia viene primero. Algunas veces las palabras vienen primero. Algunas veces las palabras crean la experiencia. (p. 221)

Existe la realidad más allá de lo que describen las palabras, añado. Eso es lo innominado, lo inefable, más allá del lenguaje convencional, aquello a lo que el primer Wittgenstein llamaba “lo místico”. Eigen, más en su terreno, habla del funcionamiento psicótico (pp. 225-226). Los psicóticos se encuentran en una encrucijada, por debajo de sus alucinaciones y delirios, con dudas sobre sí mismos que no pueden aliviar. Sabe algo, o cree saber algo, lo inaccesible, o lo real más allá de lo que se puede nombrar, y que Bion etiqueta con la letra ‘O’, algo que ninguna comunidad de personas conoce: “Si usted tiene dos personas psicóticas juntas, usted tendrá dos versiones distintas de O. Ellos no pueden hablar entre sí” (p. 226). También recupera la expresión de Freud “el ombligo del sueño” (cf. p. 247), algo que nunca pude ser encontrado, algo que se escapa y que, cuando pescamos algo, es una verdad parcial. Pero no desesperemos, viene a decirnos Eigen, las verdades parciales pueden ser muy útiles.
Sea cual sea nuestra perspectiva, siempre es parcial, nunca tendremos una visión de la totalidad, de lo absoluto o lo místico. Esto no depende de ninguna creencia concreta en Dios, simplemente lo que ocurre es que pensemos o sintamos lo que sea, siempre será una parte de un conjunto más amplio. El psicoanálisis sólo es una raya en la piel del tigre. Pero para llegar a esa raya se necesita tener fe en O. La misma fe que Job demostraba en Dios a pesar de sus múltiples padecimientos: “Un estado de apertura radical. Aferrarse a la nada. Nada a qué aferrarse. Desnudo “(p. 229). Aunque nadie llegue a este estado de apertura total. El psicoanálisis es un camino y no un saber establecido. Ni Winnicott ni Bion, se apresura Eigen a advertirnos, son unos sabelotodo. El eco del pensamiento taoísta resuena de fondo.
El ideal de la interpretación correcta, tan de moda durante muchos años y aún hoy, pierde su vigencia en este sistema de pensamiento, cercano al sentimiento religioso. Entiéndase bien, si no me equivoco el terapeuta de Eigen – y Donna Orange parece mantener posturas semejantes respecto a la mística con sus lecturas sobre Buber o Levinas – no ofrece un credo religioso nuevo ni antiguo a su paciente pero reconoce el lugar que la fe ocupa en la vivencia cotidiana del ser humano y ofrece su compañía y soporte:

La importancia de la psicoterapia para la sociedad es el apoyar a los demás, de cara al difícil proceso en el cual estamos comprometidos, un proceso en el cual necesariamente está implicada una crisis de fe. (p. 233)

Pero para esto, tenemos que volver al principio de este comentario, es preciso superar el mito del conocimiento, la vergüenza que va unida al no saber: “Todos los grupos están construidos sobre el hacer creer que se sabe” (p. 259). Cuando era joven, Eigen temía decir a los pacientes que no sabía. Muchos pacientes preguntarían entonces por qué están pagando. Él aprendió a decir:

“No, usted no me paga por saber. Usted me está pagando para tratar de estar con usted de una manera más útil”. Con el tiempo los pacientes se acostumbraron a mi no saber. Eso fue un alivio para ellos también, porque entonces ellos no tenían por qué saber. (p. 261)

Sí, en cambio, ocupamos el lugar del sabelotodo entraremos en lucha con el paciente, porque él también lo sabe todo. Ve cosas que nosotros no vemos. Nuestros defectos, por ejemplo, y eso puede ser insoportable.
He pensado detenidamente en el parentesco posible entre el mensaje del último fragmento citado y los argumentos lacanianos sobre el analista como lugar del supuesto saber y cuestiones semejantes. Parece que se refieren a lo mismo. Ahora bien, nunca lograré imaginarme a Lacan dirigiendo un comentario tan explícito a su paciente.

Sirva lo anterior como aperitivo a la lectura de estos seminarios de Seúl y hasta otra.