lunes, 25 de mayo de 2015

PRESENTACIÓN DE "PSICOPATOLOGÍA PSICOANALÍTICA RELACIONAL"



A continuación se presenta el texto de la conferencia que impartí en la Asociación Psicoanalítica de Madrid (IPA), el pasado 22 de mayo.
 
Quiero dar las gracias a mis dos buenos amigos Alejandro Ávila y Ariel Liberman por su apoyo y compañía en este momento, así como al público asistente. Pero en especial deseo expresar mi gratitud a la Asociación Psicoanalítica de Madrid por brindarme la oportunidad de presentar en esta sede mi libro, Psicopatología Psicoanalítica Relacional. Esta acogida considero que es una muestra del interés que tiene la APM, la Asociación del Psicoanálisis por antonomasia, por acoger en su seno toda producción clínica o no clínica que se haga en nombre del psicoanálisis, siempre que, con seguridad, se realice con la seriedad y el respeto convenientes. Decía Freud en su Historia del Movimiento Psicoanalítico (1914 d), y así lo cito por mi parte:
Puede, por tanto, decirse que la teoría psicoanalítica es una tentativa de hacer comprensibles dos hechos – la transferencia y la resistencia -, que surgen de un modo singular e inesperado al intentar referir los síntomas patológicos de un neurótico a sus fuentes en la vida del mismo. Toda investigación que reconozca estos dos hechos y los tome como punto de partida de su labor podrá ser denominada psicoanálisis, aun cuando llegue a resultados distintos a los míos (1914 d, p. 1900).
Demos por supuesto que transferencia y resistencia implican en sí el concurso de otros dos términos teóricos: inconsciente y sexualidad. Con ciertos cambios o aggiornamento, estos cuatro principios siguen siendo válidos para toda práctica clínica contemporánea que se inspire en el psicoanálisis de Freud y de sus seguidores. En la labor docente que realizamos en nuestro grupo, no dejamos de citar con admiración los trabajos de los pioneros y de recomendar su lectura a los profesionales jóvenes y no tan jóvenes que acuden a nosotros. A diferencia de algunos colegas, pienso que la obra de Freud es inevitable para una práctica clínica bien dirigida, en especial si se pretende llamar “psicoanalítica”. Ya sea a favor de Freud o, a menudo, con todo cariño, en contra de Freud. Y algo que nunca debemos olvidar es que él fue el primero, en una época adversa, en abandonar el pesimismo terapéutico y que decidió con valentía sentarse a escuchar lo que la histérica tenía que decir, sin desestimarlo de manera dogmática.
En libro se compone de tres partes: 1) Replanteamiento de la Metapsicología; 2) Elementos de Psicopatología Psicoanalítica Relacional; y 3) Teoría de la Personalidad. No voy a repasar el índice en detalle pues llevaría demasiado tiempo y haría la exposición un tanto pesada. El secreto del aburrimiento está en querer decirlo todo. De las tres partes, no obstante, la más extensa y relevante para asomarse al paradigma relacional que se propone es la primera, así como para entender con profundidad las otras dos. En ella he pretendido delimitar las influencias culturales y científicas que subyacen en el pensamiento de Freud, así como si su obra es compatible y en qué medida no con el enfoque relacional. Quizá haya que empezar aclarando el motivo de portada, y así se me ha hecho saber en más de una ocasión. ¿Oye, Carlos, por qué las Meninas de Velázquez? Como podrán sospechar, la razón no es simplemente que sea uno de mis cuadros favoritos en la historia del arte, que también, sino que desempeña un papel esencial en un capítulo de la primera parte, que titulo Psicoanálisis y Hermenéutica, dentro del apartado El Sujeto de la Pintura. He seleccionado algunas obras pictóricas destacadas para ilustrar la evolución del pensamiento occidental hacia el modelo metafísico de la mente aislada cartesiana – deudora las leyes de la perspectiva y los sistemas de coordenadas - y mostrar que se trata de un modo de pensamiento – un sistema de pensamiento que diría Foucault – inserto en un modo de vida particular y frente al que se pueden esgrimir otros modos de representar la realidad, más adecuados en muchos aspectos y que reportan importantes beneficios. Me refiero al modelo relacional, que abandona la concepción de la mente como una realidad aislada o cosificada, y se ocupa de la persona, más bien de las personas, en su constelación de relaciones. En este camino que llevo recorriendo ya varias décadas me han acompañado – además de los amigos que se sientan a mi lado y muchos otros citados o no en el apartado de agradecimientos -  numerosas lecturas y pensadores, de los que me gustaría destacar sobre todo a Wittgenstein y a Heidegger.
La costumbre de representar a la persona –no solo a reyes y grandes personajes sino también al hombre y la mujer de la calle - como entidad que merece la atención del pintor y de los contempladores de la obra de arte, surge en la pintura flamenca de finales del siglo XIV y comienzos del XV, coincidiendo con la introducción de la técnica del óleo, avances que rápidamente se extendieron por Italia. Vemos dos ejemplos de Robert Campin (1374-1444) pintor afincado en Tournai, en lo que ahora es Bélgica. Pero este interés por retratar personas perfectamente individualizadas se hace igualmente patente en el arte sacro de la época, como vemos en las magníficas pinturas de Rogier van der Weyden, y del cual les recomiendo la gran exposición que acoge en estos momentos el museo del Prado. Hasta ese momento, las pinturas medievales habían representado figuras genéricas, repetitivas, casi podríamos decir “arquetipos”, sin atender a las leyes de la perspectiva. La evolución desde estos modos iniciales de representar al individuo y el entronamiento del sujeto moderno, todavía dominante en grandes áreas del teorizar contemporáneo de las ciencias sociales, e incluso de la neurociencia, es explicada en ese capítulo a partir del famoso cuadro de Velázquez, pintado en 1656, y el Matrimonio Arnolfini, realizado por Jan van Eyck exactamente 222 años antes. Entre ambos se produce una modificación trascendental en el uso de la perspectiva – que puede sintetizarse en el lugar que ocupa el espejo - y en el “juego” de individualizar  al observador e introducirlo en la escena contemplada. Para no repetir punto por punto el argumento del capítulo, a veces un tanto complejo, me limitaré a reseñar un detalle, el perro de van Eyck frente al perro que es molestado por el enano en el cuadro de Velázquez. El artista en el primer caso se centra en el objeto intentando reproducirlo pelo a pelo. Recordemos también el famoso dibujo de la liebre de ALberto Durero, realizado en 1502, también con afán de representación fidelísima de la realidad. Frente a eso, el perro de Velázquez no busca tanto al objeto sino el efecto en la retina del observador. Son cuadros a “medio hacer”, como señaló Ortega, que mirados de cerca solo nos permiten ver el pigmento amontonado. El observador entra en escena y participa. En Adán y Eva, también de Durero, los padres míticos de la Humanidad aparecen aislados en su mundo, en tanto que la Eva moderna nos lleva a su terreno y nos tienta con los frutos prohibidos. El sujeto posmoderno, finalmente, se fragmenta trescientos años después en la recreación de Picasso, donde las tres dimensiones de la perspectiva son multiplicadas por un número indefinido de dimensiones y donde el yo se disuelve.
Este yo creado por la imaginería moderna, parece una pequeña figura, reproducción de la persona total, que vemos como caricatura en la cabeza del rabino en el Día de Fiesta, de Marc Chagall, o una reproducción completa de la persona, algo desvaída, como el espíritu que parece abandonar el cuerpo del durmiente. Este sujeto todavía no disuelto en la posmodernidad, se representa en el interior de nuestras cabezas observando y procesando los estímulos del mundo circundante. Pero, debemos cuestionarnos, ese pequeño yo interno ¿qué tiene a su vez en la cabeza? A la inversa, ese guía interior ha hecho fortuna en las fantasías de ficción, como una persona total que dirige una gran máquina. Como Wittgenstein (1945-49/1988) (1945, p. 417) proponía: El cuerpo humano es la mejor figura del alma humana. El yo puro de la identidad occidental es en realidad un shifter un mero índice formal, vacío de sustancia.
 Pretendo elaborar una psicopatología psicoanalítica que aspire al mismo tiempo a ser relacional, pero lo que presento no es un producto acabado sino algo a medio camino entre lo psicoanalítico freudiano (y kleiniano) y lo relacional. Por una parte porque el esquema clásico nunca dejará de hacerse acreedor a un nivel explicativo destacado de algunos aspectos importantes del proceso de enfermar, sobre todo en las neurosis, y, por otra, a pesar de sus muy destacadas aportaciones, porque el enfoque relacional sin duda todavía no ha completado su ciclo constructivo. Después de Freud, el punto histórico de referencia hay que situarlo en los años cuarenta, con la teoría de las relaciones objetales como primer paso hacia una epistemología intersubjetiva y externalista; de una concepción de la mente constituida por impulsos y defensas a una mente de configuraciones relacionales, que perfilaron autores como Sullivan, Fairbairn y Winnicott, entre otros. En los años 70 y 80 surge el enfoque relacional o intersubjetivo en Estados Unidos, tal como ahora lo conocemos, con las aportaciones de Robert Stolorow y su grupo, de Stephen Mitchell y de los investigadores del Grupo de Boston, con la figura destacada de Daniel Stern, interesados en la observación directa del desarrollo infantil temprano.  La mayoría de las escuelas del psicoanálisis relacional, no obstante, se muestran alejadas o críticas ante todo intento de clasificación, así como de recomendaciones técnicas, por lo que una psicopatología psicoanalítica relacional puede parecer una contradicción en término. La paradoja se resuelve si partimos del supuesto de que el sufrimiento no se expresa al modo de cuadros fijos, sino a través de los estilos relacionales que constituyen la personalidad, en conexión dialéctica con los otros miembros de la constelación relacional, cada uno con sus estilos propios, y también en la relación con el terapeuta.
La postura ontológica más coherente con el psicoanálisis relacional supone postular que no existe una esencia previa a la existencia, ni un yo aislado de los otros, un sujeto sin mundo. El individualismo metafísico, la mente aislada, impuesta en el pensamiento de Occidente desde la obra de Descartes, lleva al surgimiento de problemas en principio sin respuesta, como es la demostración de la realidad externa o de la existencia de otras mentes.  Véase, por ejemplo, el recurso de Freud al argumento por analogía, de Stuart Mill, para demostrar la existencia de otras conciencias (Lo Inconsciente, 1915).  Problemas que no encuentran solución sino que, siguiendo a Wittgenstein, en el mejor de los casos “se disuelven”. Esta mente aislada de alguna forma pervive en la doctrina del psicoanálisis clásico, al plantear de origen la existencia de un narcisismo primario, a modo de un yo solipsista que adviene al mundo ya formado, aun de manera rudimentaria, para luego entrar en relación con el objeto, y que cuando enferma es básicamente por una dinámica interna de deseos inaceptables. El psicoanálisis relacional favorece la recuperación de la teoría traumática, motivo de discusiones tardías entre Freud y Ferenczi, poco antes de que éste presentara su artículo “Confusión de lenguas” en el XII Congreso Internacional Psicoanalítico en Wiesbaden, Alemania, el 4 de septiembre de 1932.
Para Freud las pulsiones no tienen noticia de los objetos externos hasta que, al ser gratificadas, se produce la asociación entre unos y otros. Esta idea presupone la génesis de un bebé aislado, como en un huevo autárquico que no dejará pasar ningún estímulo a través de su fina cáscara hasta que, rota la envoltura se produjera el troquelado. Nosotros entendemos, en cambio. que desde el inicio el bebé está en contacto con su medio sociobiológico y sentimos gran afinidad con la teoría del apego, si bien en mi caso, contemplada desde la innovación de Fairbairn: la libido no busca la descarga sino al objeto. Las emociones han pasado a ocupar un lugar privilegiado, en el análisis de la situación interpersonal, no como fenómenos de la mente aislada sino como estados emocionales y modos de actuación compartidos por el bebé y su cuidador. En esa parte del libro me permito aportar un esquema clasificatorio de lo que serían las emociones básicas. Se observará que comprensión del funcionamiento afectivo sigue manteniendo la dualidad motivacional (amor-odio) heredera de la teoría pulsional clásica, algo que también hacía Fairbairn, aunque ya no aceptemos compromiso con los fundamentos biologicistas de dicha teoría.
Para aproximarme a la comprensión del funcionamiento psicótico he recurrido a las contribuciones de autores post-kleinianos, como es la doctrina de la ecuación simbólica, como aportación sobresaliente de Hanna Segal, y los objetos extraños, según Wilfred Bion, recuperando también la idea de la “máquina de influencia” que elaboró Victor Tausk, discípulo poco querido por el fundador del psicoanálisis. El mismo Freud, no obstante, también aportó a lo largo de su carrera una serie de observaciones sobre los mecanismos de defensa que hace años resumí en el esquema que pueden contemplar, en el que están presentes algunas influencias lacanianas, y que me ha sido de gran utilidad para introducir a varias generaciones de estudiantes en los fundamentos de la psicopatología psicoanalítica. Este cuadro recorre la obra de Freud desde Las Neuropsicosis de Defensa, de 1894, hasta Escisión del “yo” en el Proceso de Defensa, una de sus últimas obras, pero pasando por numerosos textos, como los Tres Ensayos para una Teoría Sexual, de 1905 pero, como se sabe, con abundantísimas adiciones, sin olvidar sus maravillosos artículos sobre La Negación, de 1925, y sobre El Fetichismo, de 1927. Siempre pido disculpas a mis alumnos por utilizar los términos en alemán pero ocurre que las traducciones de los mismos han sido tan numerosas y a veces peculiares que constituyen un buen ejemplo de la “Babel Psicoanalítica”. Dicho brevemente, la negación supone el levantamiento provisional de la represión, bajo la capa de lo negado, de lo que no es, mecanismo típico del funcionamiento neurótico. La negación presupone la existencia de una afirmación previa, y esa afirmación convive en rápida sucesión con la re-negación de la escisión horizontal, mecanismo propio de las organizaciones límite. La renegación solo es posible si previamente se han escindido o disociado dos realidades contrapuestas, y la operación de la escisión, junto con el repudio que consiste en poner fuera representación y afecto, procede del funcionamiento psicótico.  Este esquema, sin embargo, me produce cierta incomodidad pues parece narrar una evolución de los mecanismos excesivamente internalista, aislada del medio entorno, por lo que parte de mis esfuerzos, pasados y futuros, se centran en conservarlo completándolo con la parte relacional que subyace al mismo. Cada uno de los mecanismos posee una versión familiar y otra social. Me encanta aquella frase, denuncia de la renegación política, cuya procedencia desconozco, de que “Cuando una guerra comienza, la primera víctima es la verdad”.
Una vez escuché a Ariel que las escuelas psicoanalíticas se pueden dividir de acuerdo con la manera en que describen el origen del psiquismo, ya sea con una proyección o con una introyección. Yo soy partidario de que no hay nada dentro que primero no estuviera fuera, por lo que me adhiero a la idea general del gran psicólogo evolutivo ruso, Lev Vygostky, cuando afirmaba que más que un proceso de socialización, lo que el niño pequeño experimenta es un proceso de individuación. Antes de proyectar (o rechazar) hay que haber introyectado algo, siendo el Edipo un conflicto externo, familiar, antes de convertirse en individual, bien que siempre inconsciente. El sujeto que decía a su madre – paciente mía – aquello de “el incesto es un delito y yo jamás cometeré ese delito contigo” no sólo estaba proyectando al exterior su supuesto deseo edípico sino que también estaba rechazando una representación, un complejo familiar, típico de nuestra cultura. Una precisión, en el futuro acaso dejaremos de utilizar el término “introyección” en favor de “esquema de acción aprendido o adquirido”.
El libro también contiene una clasificación de los prototipos de la personalidad en la que vengo trabajando también desde hace un par de décadas. Desde muy pronto estructuré las aportaciones de la psicopatología vincular en este cuadro de tres por tres, a partir de la fuerte motivacional, por un lado, y de las tres posiciones: las dos kleinianas conocidas más una intermedia, confusional, que se caracteriza por la oscilación entre la grandiosidad y el hundimiento, con la presencia evidente de mecanismos de fobia-contrafobia. Como toda tipología, parte de sus fundamentos se remontan a la teoría de los humores hipocrático-galénica. En este terreno, nuevamente, una tarea por hacer es vislumbrar cómo se desarrollan y engranan estas personalidades dentro de constelaciones relacionales particulares. Señalaré como ejemplo las investigaciones sobre la relación entre los trastornos ocurridos en la fase de separación-individuación (en especial en la subfase de reaproximación, entre los 15 meses y los dos años), en el sistema de Margaret Mahler, y la génesis de trastornos de tipo límite, relación a la que aluden Kernberg, Fonagy, y muchos otros autores.
El psicoanálisis relacional, bien mirado, también propone algunos consejos para el terapeuta, siempre que evitemos el riego de rigidez de las reglas establecidas de forma inamovible y el riesgo de cosificar al paciente en un rol de obediencia y sumisión. Desde el paradigma relacional se ha criticado la concepción simplista de la neutralidad del analista. La anécdota de Ralph Greenson – analista de la psicología del yo que escribió textos sobre técnica, de gran poder ejemplificador. Nos cuenta el caso de un paciente que entró en lo que denominaríamos una fase de impasse, se volvió más callado y huraño y sólo colaboraba de modo formal con la labor analítica. Finalmente un día confesó su frustración por haber querido adoptar posturas políticas liberales, más cercanas a las preferencias demócratas de Greenson, porque él era un republicano convencido. Sorprendido por esta observación, Greenson le preguntó cómo es que había llegado a la conclusión de que él era de preferencias demócratas, a lo que el paciente respondió, más o menos, que cuando decía algo positivo de un político republicano, él siempre le pedía asociaciones, y que cuando decía algo negativo, callaba como asintiendo. Igualmente, cuando atacaba a Roosvelt le pedía asociaciones, para ver a quién le recordaba, mientras que los comentarios positivos eran aceptados sin réplica. Sostengo, no obstante, que conceptos como “enactment”, “autodesvelamiento” o “mutualidad”, por poner unos pocos ejemplos, introducidos por el psicoanálisis relacional contemporáneo, sugieren ciertas actitudes por parte del terapeuta que se sitúan en el ámbito de la técnica. Muchas gracias por su atención.

viernes, 8 de mayo de 2015

Presentación de "Psicopatología Psicoanalítica" en la APM el 22 de mayo

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ASOCIACIÓN PSICOANALÍTICA DE MADRID

International Psychoanalytical Association
European Psychoanalytical Federation


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BIBLIOTECA DE LA APM
PRESENTACIÓN DEL LIBRO
“Psicopatología psicoanalítica relacional. La persona en relación y sus problemas”
Estimado/a colega:
Le comunicamos que el viernes 22 de Mayo, a las 20,00 h. en la sede de la APM (c/ Juan Bravo, 10, 4º) tendrá lugar la presentación del libro de Carlos Rodríguez Sutil, Psicopatología Psicoanalítica Relacional. La persona en relación y sus problemas.
Intervienen en este acto junto al autor, Alejandro Ávila Espada, Catedrático de Psicoterapia de la Universidad Complutense y Ariel Liberman, Miembro Asociado de la APM.  
Un cordial saludo,

Raúl Fernández Vilanova                                 Ariel Liberman
Presidente                                                       Coordinador de Biblioteca

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Carlos Rodríguez Sutil  es Psicólogo clínico, Psicoanalista Relacional (práctica privada en Ágora Relacional, Madrid). Presidente del Instituto de Psicoterapia Relacional y miembro de la directiva de IARPP-España. Obtuvo el doctorado en Psicología en la Univ. Complutense de Madrid, con una tesis sobre la filosofía de la psicología. (Wittgenstein y el problema de la mente en la psicología contemporánea). Profesor Asociado de la facultad de Psicología de la Univ. Complutense de Madrid entre 1987 y 2000. Tiene más de 80 publicaciones (5 libros) sobre psicopatología, evaluación, psicoterapia psicoanalítica y filosofía. Recibió el premio “Dámaso Alonso” de ensayo, en 1997, concedido por la Univ. Complutense de Madrid. Editor ejecutivo de la e-revista Clínica e Investigación Relacional. Miembro del “Colectivo Grita”. Entre sus Obras: Introducción a la obra de R.D. Fairbairn (Madrid, Ágora Relacional), El cuerpo y la mente (Biblioteca Nueva, 1998)


Psicopatología Psicoanalítica Relacional. La persona en relación y sus problemas es fruto de más de treinta años de experiencia en la clínica de orientación psicoanalítica y en la meditación epistemológica desde el marco relacional. Pretende ofrecer, en ese sentido, una psicopatología psicoanalítica que aspire al mismo tiempo a ser relacional. Después de Freud, el punto histórico de referencia hay que situarlo, sin duda, en los años cuarenta, con la teoría de las relaciones objetales como primer paso hacia una epistemología intersubjetiva y externalista; de una concepción de la mente constituida por impulsos y defensas a una mente de configuraciones relacionales, que perfilaron autores como Sullivan, Fairbairn y Winnicott, entre otros. Los desarrollos actuales del psicoanálisis relacional se muestran, no obstante, ajenos, cuando no contrarios, a la clasificación y la técnica, en sus formas clásicas, por lo que una psicopatología psicoanalítica relacional puede parecer una contradicción en término. La paradoja se resuelve partiendo del supuesto de que el sufrimiento se expresa no al modo de cuadros fijos, sino a través de los estilos relacionales que constituyen la personalidad, en conexión dialéctica con los otros miembros de la constelación relacional, cada uno con sus estilos propios, y también en la relación con el terapeuta.
Dice Joan Coderch en su prólogo:
Uno de los mayores méritos de la obra que estoy comentando es el de que nos obliga a pensar y a plantearnos cuestiones que muchos de los analistas relacionales, si no la mayoría, dábamos por resueltas. Esto lo hemos visto desde el principio, con el mismo título que marca el contenido del libro, y sigue, entre otros asuntos, con algo que, realmente, nos interesa a todos, el tema de la técnica.

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Asociación Psicoanalítica de Madrid
c/ Juan Bravo, 10, 4º
28006 Madrid (Spain)
Tlf/fax: 34 91 431 05 33
http:// www.apmadrid.org

sábado, 18 de abril de 2015

ALGUNAS PREGUNTAS POR LA PERSONALIDAD EN PSICOANÁLISIS RELACIONAL


·     Reproduzco unas preguntas que me planteó hace no mucho un alumno y que son sin duda relevantes para entender ciertos aspectos de la teoría de la personalidad, a partir de los núcleos, y de la "técnica" analítica-relacional.   

Tras la posición más arcaica (posición aglutinada), surge un proceso trimembre: separación-vinculación-individuación, que alumbra en secuencia la objetalidad - objetivación por un lado y el narcisismo - mismidad (self) por el otro. La posición aglutinada es en realidad una no-posición, es la fusión psíquica o no diferenciación. Se puede entender que a partir de ahí empieza el proceso (“dialéctico”, claro) de separación-vinculación-individuación, cada uno de cuyos vectores o movimientos predomina en cada una de las posiciones (esquizoide, confusa y depresiva, respectivamente), pero en cada posición están presentes los tres movimientos. De hecho en el adolescente se vuelve a producir con fuerza este ciclo dialéctico y en el adulto no deja de estar presente. Continuamente nos estamos separando, vinculando e individuando, creando al objeto y lo objetivo y también creándonos a nosotros mismos.
·        El núcleo distribuye de un modo desigual a la libido entre el yo y los objetos, y sesga de una forma peculiar las raíces afectivas de la conducta. En el núcleo esquizoide la libido (el afecto amoroso) se queda sobre todo en el propio sujeto, en el núcleo depresivo se coloca sobre todo en el objeto, mientras que en el confuso se produce una oscilación.
·        No hay una integración consistente de los objetos persecutorios en estructuras estables, con el consiguiente riesgo de retorno de lo proyectado. El sujeto con funcionamiento paranoide coloca la agresividad en el otro pero esa agresividad y destructividad continuamente le está viniendo de forma amenazante, no se queda fuera sin más.
·        Características de cuando alguien no realiza bien la separación sujeto-objeto. O bien esto ocurre en la posición aglutinada, lo que supondría un fracaso evolutivo (esto no está claro, pero podría tratarse del autismo o de las psicosis infantiles). En las tres posiciones habituales la no separación se expresa de la siguiente manera:
o   Esquizoide: el objeto es una extensión de mí mismo, o son fragmentos persecutorios y despersonalizados.
o   Confusional: por momentos me fundo con el objeto, por momentos me siento atacado y rechazado.
o   Depresivo: situaciones de dependencia sin grandes oscilaciones, que se suelen producir en las personalidades neuróticas (obsesivos e histéricos) y en los sumisos.
·        Si el núcleo de la personalidad es una estructura compuesta por los vínculos fundantes y esta estructura no existe en la psicosis, ¿quiere esto decir que el psicótico no ha tenido un ambiente “predecible” con el que poder establecer un modo de relación habitual? Precisamente eso querría decir, que el ambiente no ha sido lo suficientemente acogedor como para que se elaborara el núcleo. De todas formas, no te lo tomes de forma literal, pues hay sujetos que desarrollan psicosis en ambientes familiares que, al menos en apariencia, no son especialmente desestructurados.
·        Cuando hablamos de que el exterior está desinvestido, ¿quiere decir que para esta persona es más real su propio yo que el entorno en el que se mueve? Digamos que está centrado en su yo. Pero el empobrecimiento del entorno se acompaña de un empobrecimiento simultáneo del sí mismo. El entorno puede presentarse como extraño e incomprensible, o bien, en sujetos muy inteligentes (que también los hay), puede ser predecible pero sin provocar la menor empatía.
·        Ejemplo de líbido objetal-líbido narcisista. Yo te quiero a ti porque eres mi hijo, vivimos juntos el día a día y veo que te esfuerzas y tienes buenos sentimientos; o bien, yo te quiero a ti porque eres mi hijo, seas como seas, pero especialmente si eres grandioso y confirmas que yo también lo soy. Una parte de narcisismo siempre es necesaria.
·        La atención flotante. No acabo de imaginar cómo es esta atención. El terapeuta no se fija en nada en particular, pero… algo tendrá que hacer ¿no?  Este concepto de Freud ha sido criticado recientemente. De forma más modesta, consistiría en dejar que el paciente hable y elija los temas hasta que algo nos llama la atención y lo señalamos. Hay muchos motivos para que algo nos llame la atención; para mí la principal es que algo no encaja con el resto: un cambio de estilo, de energía, de contenido; o bien algo contradictorio con cosas que se dijeron antes. El señalamiento puede también ser una confrontación, una clarificación (a veces, preguntar más en plan socrático), una interpretación o un comentario sobre la sensación que nos produce. No debemos olvidar el contexto terapéutico, es decir, el paciente, como persona, me está diciendo a mi algo, como persona, para producir un efecto u buscando un resultado que no siempre es el que se enuncia de forma explícita.
·        ¿Qué es la re-narcisización secundaria? Como te decía antes cierto amor por sí mismo, equilibrado y proporcionado, es necesario para vivir decentemente. La mayoría de las veces la terapia tiene que buscar esa re-narcisización secundaria pues la primaria no se produjo adecuadamente.


jueves, 19 de marzo de 2015

SOBRE EL NACIMIENTO DEL SUJETO

Comentario al libro de F. Summers (2013). The Psychoanalytic Vision. The Experiencing subject, transcendence, and the therapeutic process. Nueva York: Routledge. Aparecido en la revista on-line Clínica e Investigación relacional. VOL.9 Nº 1 (2015)

La obra de Summers de la que voy a hablar a continuación, y no propiamente a resumir, se estructura en tres partes: teoría, clínica, y cultura y terapia. Muestra una extrema familiaridad con el pensamiento psicoanalítico contemporáneo y con la filosofía anticartesiana, sobre todo de Husserl y Heidegger, cuyos textos domina y cita en abundancia de manera pertinente.  Por ello es comprensible que proponga que el método de Freud era predominantemente hermenéutico, aunque desde el punto de vista teórico intentará fundamentar el psicoanálisis en la ciencia neurológica y la doctrina pulsional. Los prejuicios psicoanalíticos derivados de la teoría son muy difíciles de erradicar porque todo comportamiento del paciente que surja después de una interpretación, interpretación elaborada a partir de algún concepto teórico (el complejo de Edipo, la teoría de la represión, las explicaciones sobre la resistencia), será siempre explicado de acuerdo con el elemento teórico esgrimido.
En el primer capítulo se nos ponen ejemplos clínicos de este fenómeno que no pertenece en exclusiva al psicoanálisis clásico, freudiano o kleiniano. El error de esa postura no radica exclusivamente en un prejuicio teórico, dice Summers, sino en el propio supuesto de que el psicoanálisis posee un corpus de conocimientos, el error deductivista de que la evidencia se puede encontrar en el material clínico (pp. 10-11). Este error consiste en pensar que el “conocimiento” adquirido debe ser aplicado en todos los casos, lo que lleva a malentender la experiencia del paciente en el aquí y ahora. Frente a estos riesgos propone el psicoanálisis hermenéutico.
Los analistas hermenéuticos consideran que es la experiencia del paciente, y no la teoría del analista, la que debe dirigir el proceso:
La atención se centra en la revelación del significado individual mediante la aplicación de reglas interpretativas, en lugar de buscar un contenido concreto. En esta forma de interpretar dentro de la indagación analítica, la teoría es un heurístico que se utiliza para facilitar la comprensión de las vivencias del paciente, más que un corpus preestablecido de conocimientos. (p. 11)

Ferenczi, por ejemplo, aunque siguió utilizando la teoría de la libido, le dio un sentido amplio que le permitió atender a aspectos de sus pacientes que poco tenían que ver con los conflictos edípicos. Tanto él como su discípulo Balint opinaban que la disposición del analista a responder y acoger al paciente era un factor terapéutico de primer orden.
Los grandes analistas de diferentes orientaciones teóricas han sido capaces de superar en la situación concreta de la clínica sus supuestos teóricos, como Kohut o como Rosenfeld. En lugar de insistir en sus constructos teóricos, adaptaron la técnica a lo que estaban escuchando de sus pacientes, por ello la técnica de ambos puede coincidir en muchos aspectos, a pesar de sus grandes diferencias teóricas, desplazándose de una actitud interpretativa a otra más centrada en la contención y la acogida, al holding, tal como lo definió Winnicott. El proceso analítico, por tanto, se centra en las vivencias de paciente y analista, más que en la teoría del analista. Tal vez, se podría entender, la teoría es útil al analista para estructurar sus intervenciones, siempre que se halle dispuesto a modificarla de forma permanente o, incluso,  renunciar a ella cuando la cosa no funciona.  Este es el uso heurístico de la teoría al Summmers se refiere en este capítulo
El punto de vista del analista no tiene por qué ser necesariamente superior al del paciente. Por ejemplo, cuando el paciente pone sobre mi persona una imagen idealizada de alguien con grandes conocimientos acumulados me gusta responder que, indudablemente, llevo muchos años trabajando en la clínica y he leído muchos textos que me han resultado de ayuda, pero que la tarea terapéutica es de ambos y él o ella tiene que ser más experto que yo sobre su propia persona, por lo menos, y, añado, que cada terapia es diferente y exige de mí un nuevo aprendizaje. Pero nuestra “declaración de fe” relacional no nos libra del riesgo de adoptar una posición de dominio. Así, volviendo a Summers, leemos:
Aunque la teoría relacional ofrece una apertura teórica ante la experiencia del paciente, el riesgo está en que el acento en el uso de nuestra propia experiencia propicie la posibilidad de que dicha revelación y participación activa, en general, interfiera más en la propia autoexpresión vivencial del paciente de lo que ocurre en otras orientaciones teóricas. El riesgo no es la imposición teórica, como en otros enfoques, sino una intrusión de la propia vivencia del terapeuta. (p. 15)

El sujeto del análisis, concluye, es el sujeto en sus vivencias que incluyen todos los niveles conscientes e inconscientes. Este sujeto es la fuente de la verdad analítica y su árbitro.
Quizá la tesis más definitoria de este libro y de la postura teórico-práctica de Frank Summers se deriva de su definición de que el objeto del psicoanálisis no es la conducta ni ningún indicador observable de la misma, como afirma en el capítulo segundo, sino la experiencia del sujeto. Acusa a la psicología académica de “objetivismo”, por centrarse sólo en lo que puede ser medido, y establece en consecuencia una oposición objetivo/subjetivo a la que hace equivalente a mensurable/hermenéutico o mensurable/sentido. Los argumentos críticos hacia la cultura objetivista y sus peligros son ilustrados con ejemplos inspirados en la actualidad política y social. Conductas socialmente poco honradas por parte de grupos e instituciones, como aquellas que han dado origen a la gran crisis económica que aún padecemos.
En primer lugar, dice Summers, el principio de que la realidad es cantidad no se mantiene porque él mismo no es cuantificable. El argumento recuerda los que se han apoyado en el Tractatus (3.328) de Wittgenstein para criticar determinados usos de la “navaja de Occam”, según la cual los elementos de una teoría -o de un sistema de la lógica- no deben incrementarse sin necesidad. Si un signo no tiene uso tampoco tiene significado, pero la navaja de Occam se cancela a sí misma pues carece de significado, no se refiere a ninguna realidad externa al sistema de signos.
Posiblemente el recurso a Wittgenstein habría ayudado a plantear algunos de los problemas del psicoanálisis actual con mayor precisión y claridad, si bien la delimitación de campos que nos ofrece es correcta en lo esencial, apoyándose en filósofos como loa antes citados así como en numerosos autores analíticos. Por tomar el ejemplo reciente, la oposición mensurable/sentido es en gran medida engañosa. Frente a los defensores de la medida objetiva, que Summers critica con justicia, nada nos obliga a mantener que nuestro objeto de estudio sea subjetivo u oculto, sino que el sentido es público o no es. El sentido es tan objetivo como cualquier otra realidad, múltiple o probabilística, aunque no sea mensurable. Si seguimos el hilo de los ejemplos que sustentan su razonamiento, en cuanto a conductas deshonestas, se puede pensar que en cierta medida confunde “objetivista” con “materialista”, así en la página treinta utiliza la expresión “American materialist/objectivist/culture”. Pero de ese riesgo probablemente no esté libre por completo el psicoanálisis. Afirmar que el psicoanálisis se opone al objetivismo dominante en la época y la cultura actuales puede ser acertado. Pero sospecho que exagera un tanto cuando llega a decir (p. 28) que el analista se ha convertido en un guerrillero que intenta reafirmarse contra un enemigo que quiere destruir su esencia. Esto sólo lo podrán afirmar unos pocos profesionales, sobre todo, aunque no exclusivamente, aquellos que, psicoanalista o no, trabajan en centros comunitarios por un sueldo medio o bajo y no cobran directamente a los pacientes por sus servicios.
La responsividad que preconizaban tanto Fairbairn como Balint, que desde luego es un factor terapéutico de primer orden, no encaja de forma tan directa como parece sugerir Summers con la posición hermenéutica. Más bien se trata de una deducción teórica, frente a las que parece estar en contra, que se deriva de las teorías del apego y de concepciones como la “falta básica” de Balint o las necesidades evolutivas de Winnicott, a quien también cita. Es decir, si pensamos que el paciente requiere en la mayoría de los caso una acogida cálida que suponga una aceptación y satisfacción de necesidades evolutivas es porque la experiencia (también la investigación con bebés y niños pequeños) nos ha enseñado que estás necesidades se encuentran en la problemática relacional de muchos niños y adultos, en especial aquellos que acuden a nuestra consultas. (Sin embargo, qué pasa cuando la acogida que espera y necesita el paciente es de rivalidad y lucha).
Winnicott ocupa un lugar destacado en el pensamiento de Summers, como en la mayoría de los autores relacionales, al conceder un lugar significativo al desarrollo temprano del self para la comprensión del ser humano. Se nos recuerda la cita ya clásica: Cuando el bebé mira a la madre, lo que ve se relaciona con lo que la madre está viendo. Es la mirada de la madre la que permite el desarrollo equilibrado del bebé, como ha analizado Jessica Benjamin – a la que Summers cita - tan detenidamente y con tan buenos frutos. Pero añade:
Para que el bebé se encuentre en la mirada de la madre tiene que verla como un sujeto de experiencia (p. 34).
Conviene recoger aquí la frase de Summers en inglés:
For the baby to find herself in the mother’s gaze, she must see the mother as a subject of experience. [1]
En el juego hegeliano en el que Benjamin se encuentra – Winnicot quizá también de forma implícita -  la identidad del otro como sujeto es concedida por el que podríamos llamar “sujeto originario”: desde Descartes, “el yo”, aunque se trate de un “yo trascendental”. No llego a aceptar que el desarrollo de la identidad del bebé se elabore así, pues, bien mirado, siempre se trata de una concesión “de dentro afuera”. Somos llamados por nuestros hábitos de pensamiento a colocarnos en una posición, en el fondo muy artificial o patológica, para poder dudar de que quien te está cuidando sea un sujeto de experiencia. Lo es, por definición, desde el primer contacto, como una vivencia profunda y como transmisor del mismo concepto “sujeto de experiencia”. El rechazo que recibo de ese sujeto de experiencia es el que me hace dudar de mi propia identidad. Siempre es necesaria la presencia de ese sujeto “externo” para evitar la disolución de mi propio self, y ese sujeto, o sujetos, se encuentra reducido en número y calidad en las personalidades más deficitarias o primitivas y en las psicosis.
Siguiendo a Margaret Mahler,  se observa que a la edad de entre seis y nueve meses se produce la “diferenciación”, de la subfase de separación-individuación. El niño toma conciencia de que no puede controlar las idas y venidas de la madre y se ve forzado a admitir que la madre “tiene una mente propia” (“has a mind of her own”). Pienso que con esto se quiere decir que en ese momento el bebé descubre que su madre no está bajo su pleno control, pero las rabietas por no conseguir lo que quiere ya se han producido mucho antes (esa “frustración óptima” que tan brillantemente introdujo Kohut, gran experto en narcisismo). No es que el bebé dote a su madre de mente, como si le regalara una bola roja. El propio concepto de “mente individual” es una creación culturalmente dependiente y no un proceso natural como algunas descripciones evolutivas nos pueden hacer creer. Lo que ha cambiado, en realidad, ha sido la locomoción, el gateo. En ese momento se puede hacer evidente una construcción progresiva, y culturalmente condicionada, que se fundamenta en la fragilidad y la carencia. Yo necesito un yo – un otro dentro de mí – cuando me quedo solo. En cambio sí parece que estamos biológicamente condicionados a ver los ojos del otro que me miran como algo cautivador, que nos domina y nos da vida.
… este proceso no tiene que ver sólo con el desarrollo del self, es, al mismo tiempo, la fundamentación de una ética psicoanalítica basada en el reconocimiento y la apreciación de la subjetividad del otro, es decir, una ética que se funda en la empatía. (p. 35)

Uno de los máximos esfuerzos del psicoanálisis relacional se concentra en superar el círculo vicioso de la mente aislada, promulgando la empatía con la que se dota al “tú” de identidad. Pero, con ello seguimos sin librarnos del todo del egocentrismo cartesiano. Pues seguiría siendo el “yo” todopoderoso el que te dota a “ti”. Bien al contrario, con permiso de Lacan, el acto fundacional es la mirada del otro dotándome a mí de empatía.  Pues la empatía es el estado natural y lo patológico es su pérdida. Si ese flujo se interrumpe en una fase temprana, se producirá el estancamiento narcisista. En ese estancamiento deberé reconocerme precariamente a mí mismo y la cantidad y calidad de los “tú” será escasa.
La consideración de los fundamentos del psicoanálisis lleva a Summers, y a nosotros con él, al examen de las implicaciones éticas de nuestra postura. Su paciente John (pp. 39-40) se quejaba de un sentimiento de vacío, sin dirección ni propósito. Su intranquilidad le llevaba a violar los códigos morales para incrementar su sentimiento de excitación, pero con ello lo que conseguía era, bien al contrario, aumentar su vacío interior. Lo que intentó Summers fue hacerle aceptar progresivamente que sus comportamientos poco éticos eran la causa de su vacío y no la consecuencia. Es fácil para el inmoral,  plantea, racionalizar su conducta y negar que la transgresión tenga ningún coste. Pero el coste es un self deteriorado difícil de reparar. Ahora bien, no queda muy claro si está proponiendo una nueva moral o bien su esfuerzo va dirigido a reforzar la moral tradicional. ¿Qué pasa cuando la persona está enferma a causa de sus principios éticos? La escisión del self no solo se produce por la doble moral negadora de la inadecuación de la propia conducta, en un sentido “positivo”: aquello que me permito está bien. Sino también, incluso más a menudo, en un sentido “negativo”: no me permito aquello que está mal; cuando esa inhibición es negadora del propio desarrollo y plenitud (de estas cosas habló Nietzsche). En resumen, a veces la respuesta sana es la transgresiva. Esto que acabo de enunciar podría apoyarse en una idea del propio Summers expuesta con perspicacia más adelante (p. 98 y ss.) en cuanto a que debemos guiar nuestras indagaciones no sólo sobre lo que la persona es sino también, y muy importante, sobre lo que la persona no es, pero desearía ser o podría llegar a ser. El análisis no es una mera indagación del pasado sino una prospección del futuro.
Sin embargo, lo que nos ofrece ahora puede ser una solución moral un tanto ingenua (egocéntrica) cuando sugiere que:
El self que realiza sus capacidades es una fuente de empatía para los demás y de integridad. (…) no es preciso ningún recurso a la religión o a la monarquía para alcanzar lo correcto. La ética emerge del crecimiento del self. (p. 42)

Se inspira en Charles Taylor para proponer una ética individualista. Pero entiendo que la ética nunca es sólo del individuo, la decisión sí, y el último reducto de la decisión será individual, pero la decisión se toma siempre a partir de códigos establecidos. La religión no se espanta con un mero gesto pues hasta su rechazo implica una toma de posición religiosa. Por poner un ejemplo, el resto de esta obra es una defensa, a menudo brillante, de la nueva ética del psicoanálisis que consiste en tomar al paciente como persona y no como objeto de estudio inerte, desde un enfoque hermenéutico, en un plano de igualdad. Esta es una postura ética y ¿por qué no?  religiosa. Summers lo llama con gran acierto “movimiento romántico” en el psicoanálisis contemporáneo, a lo largo de la segunda parte, en la que cita A Eigen, Casement, Bion y muchos otros que han ayudado a concebir “lo inconsciente” como un adjetivo para calificar los procesos psíquicos, en tanto vivencias o experiencias. Se recomienda una actitud de “no conocimiento” (p. 53). La tentación de omnisciencia por parte del analista puede sofocar a la persona en la apertura de su indagación. Por ahí va la nueva “técnica” que se inició con la psicología del self.
No obstante, adoptar esta posición romántica es una decisión ética que no “inventa” propiamente nada, no surge espontáneamente del individuo analista sino que es una trasposición a la situación analítica de lo que realmente son nuestras relaciones interpersonales más satisfactorias, aquellas en las que el otro no es tomado como objeto sino como sujeto. Sospechamos que esta posición era la adoptada por los padres del psicoanálisis, aunque no siempre encontró adecuado reflejo en sus textos.
De principio a fin, Summers mantiene que el psicoanálisis ha pasado de ser un intento por explicar el psiquismo de forma positivista a convertirse en una ciencia de la subjetividad, tanto a nivel social como individual.



[1] Summers se refiere en este pasaje a “la” y utiliza predominantemente el femenino en sus exposiciones. El inglés se presta, no obstante, con mayor facilidad a este lenguaje no sexista. Pues, de entrada, no es habitual en castellano la expresión “la bebé”. Como hago en estas ocasiones, ruego disculpas por utilizar un modo de comunicación que en estos tiempos pueda ser tachado de discriminatorio, pero lo seguiré utilizando por cuanto creo firmemente que, por una parte, esa no es mi intención de fondo y que, por la otra, el reiterado uso del “ciudadanos y ciudadanas” puede estar ocultando imposturas acaso peores.

lunes, 16 de marzo de 2015

CHARLA EN YOUTUBE SOBRE FAIRBAIRN

Charla en ACIPPIA sobre la figura y obra de Ronald Fairbairn, el psicoanalista británico que abrió el camino a una nueva teoría pulsional, superando el modelo inicial de la búsqueda del placer y la descarga, un modelo en el que son prioritarios la relación y el encuentro con el objeto. La pulsión busca objetos más que satisfacción, diría Fairbairn, aproximándose a otros autores, como por ejemplo John Bowlby. Psimática ha grabado esta actividad, que se encuentra colgada en Youtube: https://www.youtube.com/playlist?list=PLu1mMFLqyDGh_niH9uFiqHwY0N_54nXhD

lunes, 9 de marzo de 2015

INFLUENCIA Y AUTONOMÍA EN PSICOANÁLISIS STEPHEN A. MITCHELL (2015; original de 1997). Prefacio a la edición castellana de Lewis Aron. Traducción castellana del Colectivo GRITA bajo la coordinación de Carlos Rodríguez Sutil. AGORA RELACIONAL Editores - Colección Pensamiento Relacional nº 13 ISBN 978-84-942559-1-5 Descargue la Ficha informativa Thomas H. Ogden, en 1997, al aparecer esta obra dijo de ella: “Stephen Mitchell, uno de los teóricos y clínicos analíticos más originales e interesantes de los que escriben en este momento, se distingue en Influencia y Autonomía en Psicoanálisis, como uno de los mejores profesores actuales de la teoría y práctica del psicoanálisis. No tiene igual en la amplitud y la profundidad de su comprensión del movimiento, la, interacción, y la dirección de las ideas que constituyen el pensamiento psicoanalítico contemporáneo. En las manos de Mitchell, la creatividad y espontaneidad por parte del analista convive cómodamente con la escucha atenta y rigurosa, la observación y el pensamiento. Este libro es un aporte maravilloso que marcará el comienzo del segundo siglo de la práctica del psicoanálisis” Stephen A. Mitchell (1946-2000) fue un pensador creativo, original, flexible, que creó espacios de diálogo y convergencia entre las diferentes corrientes del psicoanálisis contemporáneo, incitó a repensar sus bases conceptuales y su práctica clínica, efectuó replanteamientos cruciales para re-organizar el conocimiento de la subjetividad humana, y abrió caminos que muchos otros analistas, herederos intelectuales de Freud, siguen explorando actualmente. Sus obras representan hitos de innovación en la clínica: Relaciones de Objeto en la Teoría Psicoanalítica (Greenberg y Mitchell, 1983) donde se sustancia el giro del predominio del modelo pulsional a un modelo relacional; Conceptos relacionales en psicoanálisis: una integración (1988) donde expondrá su modelo del conflicto relacional y la integración entre las perspectivas de Fairbairn y Sullivan; que vienen seguidas de Esperanza y temor en psicoanálisis (1993); Influencia y autonomía en psicoanálisis (1997); Relacionalidad: Del apego a la intersubjetividad (2000) y su obra póstuma ¿Puede el amor durar? El destino del “romance” en nuestro tiempo (2002), a las que se unen una amplia variedad de trabajos y un celebrado ensayo de revisión: Más allá de Freud: Una historia del pensamiento psicoanalítico moderno (Mitchell y Black, 1995).

sábado, 7 de febrero de 2015

Nueva Temporada de Cursos On-line

Os recordamos que la nueva temporada de Cursos On-line está a punto de comenzar (del 15 de Febrero al 30 de Mayo de 2015). 
En vuestra condición de alumnos inscritos en estudios on-line, queremos aprovechar esta ocasión para sugeriros que elijáis  los cursos que más os interesen de los que aún no hayáis realizado, según vuestra situación y posibilidades. Además os anunciamos que, desde Junio de 2014, contamos con tres nuevos cursos que, esperamos, os resulten enriquecedores en vuestra formación (los encontraréis a continuación resaltados en color rojo):
Para quienes ya han cursado el anterior, o  ya tienen formación en grupos, puede solicitarse una segunda parte del anterior “La Psicoterapia de Grupo como tratamiento combinado: Modelos y técnicas actuales” (Acreditado con 12,8 créditos  por la CFC de las Prof. Sanitarias de la C.A.M.). Para matricularse en este curso envíe previamente un correo a agora@psicoterapiarelacional.es ] La información está en: http://www.psicoterapiarelacional.es/CAMPUSONLINE/PsicoterapiadeGrupoTratamientocombinado.aspx
CURSOS METODOLÓGICOS
Ya sabéis que estos cursos forman parte de nuestro sistema modular del Máster en Psicoterapia Relacional (Especialista en Psicoterapia Psicoanalítica Relacional / Especialista en Psicoterapia Sistémica), pero también podéis cursarlos de forma totalmente independiente. Además cuentan con acreditaciones de formación continua para Psicólogos Clínicos y Médicos.
El periodo de matriculación ya está abierto. Podréis inscribiros hasta el día 14 de Febrero.
Para cualquier duda no dudéis en contactarnos a través del correo electrónico gformacion@psicoterapiarelacional.com o por teléfono, de Lunes a Viernes, de 10:00 a 14:00. Estamos a vuestra entera disposición.
Un afectuoso saludo a todos.
AGORA RELACIONAL
Coordinadora de Gestión de Formación: Ángela Izquierdo Jiménez
gformacion@psicoterapiarelacional.com
Alberto Aguilera, 10 – Escalera Izquierda – 1º
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